miércoles, 13 de mayo de 2009

DOÑA TARCISIA

DOÑA TARCISIA Y EL LENGUAJE FLORAL

ANTONIO ESPINO MANDUJANO



Las manos de Silvana Capetillo son pequeñas, morenas y un poco regordetas. Si no fuera por el esmalte rojo de las uñas que le dan un toque femenino, pasarían sin problema alguno por las de un joven. Son manos fuertes, de dedos callosos y firmes debido a su oficio de “viverista”, productora de plantas ornamentales.

Con estas manos y su talento, cultiva una variante de rosas de corte llamada las “tres hermanas” que se caracteriza por sus colores agradables y que en San Miguel de Allende, la gente devota del Señor del Golpe, las acostumbra llevar en manojos para frotarlas en el vestido del nazareno, porque aseguran, “al tocar el manto milagroso, dejan de ser flores para ser remedio de todos los males”.

“Soy una persona creyente que hace lo que más le gusta en la vida: cultivar plantas ornamentales.

Porque sé que aparte de sus cualidades estéticas y el bienestar mental para quienes las posee, las personas no pueden vivir sin ellas”, pues el principal recurso que obtenemos de las plantas es el oxígeno que respiramos, expresó la especialista, mientras coloca bajo la sombra de un verde mezquite de brazos largos y abundantes, una docena de violetas africanas de tonos jaspeados.

Entrevistada en su vivero rústico de San Miguel de Allende, donde hay muchos troncos que sirven de sillas, esta mujer guanajuatense de tez morena y cuerpo voluminoso, afirma que su amor por la naturaleza obedece al gusto de su abuela por cultivar flores: “es una anciana que gozó a plenitud los años transcurridos y que todavía por su propia vitalidad canta, baila, se divierte, cuida a los nietos y planta flores y helechos”.

Como un ejemplo de gente creativa, explica que su abuela es una mujer de pueblo, de costumbres y tradiciones, “que todavía dice escuchar en la estufa el mismo lenguaje del fogón de la comunidad, cuando se pone a echar tortillas”.

Señala que su abuela Tarcisia Tierrablanca, de joven era una muchacha morena, discreta y silenciosa, de carácter apacible y de buen humor.

Se hizo novia de un güero dicharachero que le decían como apodo “el muchacho alegre” porque con humor expresaba a la menor provocación que “creer en la tristeza no sólo es ser triste, sino ser muy pendejo”.

Era estudiante de agronomía que sobrevivía de la venta de plantas para adornar interiores de las viviendas, y mi abuela se casó con él “pensando que la iba a mantener, pero no, ¡no salió bueno el hombre!”, y doña Tarcisia se vio en la necesidad de sembrar un pedazo de solar con plantar ornamentales.
Detalla que así fue como surgió su amor por las plantas y su creencia en el lenguaje floral. Añade que su abuela suele decir que “las flores son hermosas porque las personas que creen en el lenguaje de la naturaleza” tienen la capacidad para apreciar la emoción y la felicidad que brindan.

En cierta ocasión –dice Silvana- “me llamaron unas monjas para decirme que querían ver a mi abuela. Les pregunté cuál era el asunto y me dijeron, sabemos que habla con las flores y que ellas querían saber el significado de las rosas y sus combinaciones, antes de que se acabara el mundo.

-¡Ah, está bien, eso hace mi abuela- les respondí-; pero no se vayan a espantar porque es bastante atrevida en sus descripciones.

Y sí, añade la especialista, a mi abuela se le nota lo atrevida cuando habla del significado de las flores por su color y forma, por ejemplo del clavel rojo: dice que es la sangre de la amante virgen en el lecho nupcial; del botón de rosa amarillo: la espera del placer y el dolor; el crisantemo: “los últimos cartuchos” de la vejez; el clavel rosado: “estaré sobre tí”, cuando tu esposo no esté; el tulipán amarillo: “me defraudaste” después de anoche, y el narciso amarillo: la frialdad de tu corazón será doblegada en la cama.

Aunque sé que el lenguaje floral se creó en Oriente, no deja de sorprenderme la capacidad que tiene mi abuela “de agregar cosas coloridas” al significado de las flores porque como bien dice “las flores son y seguirán siendo muy hermosas y es condición del ser humano apreciar sus características físicas y su lenguaje para darle sabor y color a la vida”; las flores nos ayudan a expresar un sentimiento, que desgraciadamente se está perdiendo cada vez más en este mundo globalizado y materialista, añade Silvana Capetillo, mientras termina de colocar bajo la sombra de un verde mezquite de brazos largos y abundantes sus violetas africanas de tonos jaspeados, cuyos repentinos colores semejaban el sostén del paisaje en un domingo luminoso de cielo azul constante.

LOS OLORES DE LA POBREZA

LOS OLORES DE LA POBREZA


Antonio Espino Mandujano

Colgada en una ladera del Cerro Pelón, al sur del municipio de Ácambaro, Gto. se encuentra la casa de la familia García Silva, que sobrevive “gracias a que Dios es muy grande”. Más arriba, por un camino sinuoso, está la comunidad El Rodeo y más abajo el caserío de la Presa de Santa Inés.

Por estos rumbos se perdió el arraigo por la tierra y no va ni viene nadie. Hace veinte años que los primeros hombres, mujeres y niños empezaron a irse y apenas quedaron aquí los cascarones de casas de adobe como la de don José García que es un anciano que anda como alma en pena contándole a los pocos “que se aparecen” por estos caminos, que estas tierras estuvieron alguna vez “tupidas de gente”, pero que hoy sólo quedaba “el olor de la pobreza”.

Aferrados a este pedazo de cerro, la familia García Silva vive “a como Dios les dio a entender”. Las chivas y las gallinas les ayudan a sobrevivir, aunque no todos los días, sus cuatro integrantes, tienen para comer.

Según las más recientes estadísticas “en el campo vive 78 por ciento de los 45 millones de personas en situación de extrema pobreza, y la mitad del territorio nacional es árido o semiárido; sólo 21 millones de hectáreas son cultivables, y 80 por ciento de éstas son de temporal”. Además desde que entró en vigor el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), en 1994, la producción agrícola ha perdido competitividad.

Tal vez por eso “para sobrevivir, las familias campesinas como la de don José García dependen de los dólares que llegan de Estados Unidos” o bien del poco ingreso de la venta de queso y leche de sus chivas y del poco maíz que produce el pedazo de tierra que les dio “la Divina Providencia”.


EL ABANDONO Y LA MIGRACION

“Esta es una comunidad de calles sin nombre. Pos` pa` mi, no hace falta que lo tengan. Yo no sé leer ni escribir”, dice don Timio, mientras el trueno de un cohete indicaba el inicio de la ceremonia en honor al cardenal Posadas Ocampo y en el patio de la ex hacienda, las mujeres cantaban; “que viva mi Cristo, que viva mi rey, que impere doquiera, triunfante su ley: ¡viva Cristo Rey!.

Don Eutimio Canchola, un anciano de cabello blanco, de rostro moreno y ceño fruncido que deja traslucir una vida difícil, comenta que la Bóveda -la comunidad más pobre del municipio de Tarimoro- está habitada por los recuerdos y las familias separadas por la migración. Es la viva imagen de la pobreza y el abandono, “que nos ha condenado a una vejez más pobre y más desesperanzada”, señala.

Aquí, en este caserío “de un poco más de 400 habitantes”, la mirada de los visitantes sólo se detiene en las ruinas de la antigua hacienda que fue propiedad del abuelo del cardenal Juan Jesús Posadas Ocampo; el resto no tiene comienzo ni fin. Calles polvorientas y llenas de piedras, terrenos yermos, estériles y baldíos con unos escuálidos mezquites, una escuela primaria y un campo de futbol que hacen las veces de parque, un tendajón que vende cerveza -cuando hay visitantes- y un tanque de agua empotrado sobre la ladera del cerro que es punto de referencia de la localidad.

Hay una creciente migración. La necesidad y las ganas de vivir mejor -dice don Eutimio- alienta a muchos a irse “al otro lado”. Los hombres jóvenes se empezaron a ir de uno en uno a Estados Unidos y hoy sólo se ven por los empinados callejones, a mujeres, niños y ancianos. “Aquí, la sensación de soledad y la pesadumbre cotidiana de seguir siendo pobres, nos va a enterrar a muchos, sentencia.

En las comunidades rurales de esta región, muchos hombres han huido. Bandadas de jóvenes deciden -desde hace décadas- aventurarse a cruzar la frontera norte para intentar trabajar y ganar mejores salarios, aunque muchos mueran en el intento.

Los lugareños más viejos -como don Eutimio- dicen que su gente levanta el vuelo con el deseo de superación frente a las miserables condiciones del campo y a los bajos salarios de la región, pero otros, como el Presidente Felipe Calderón, a quien los campesinos ahora le dicen”Lipe”, porque ya le perdieron la Fe, creen que el fenómeno tiene raíces históricas y culturales, la realidad es que el gobierno nos volvió a fallar, se perdió el arraigo por la tierra “y aquí nos van a enterrar, entre el olor de la pobreza”, sentencia el viejo campesino, mientras clava su mirada en la estructura urbana que se tiende a lo lejos en el valle de Tarimoro, un viejo pueblo del sureste del estado de Guanajuato.




PIE DE FOTOS


-Por una puerta de madera vieja con rendijas grandes entra el frío de la noche en la casa de don José García.

-La siembra de este año no fue buena, y el poco maíz que tienen les alcanzará para un par de meses.

-Estas tierras estuvieron alguna vez “tupidas de gente”, pero hoy sólo “queda el olor de la pobreza”, dice don José García.

MI COMPADRE

MI COMPADRE “TROTAGUSTOS”

( A Don Arturo Aguayo, porque es un excelente chofer que recorre en
su nave los frigueys de Los Ángeles todos los días, y por su raigambre
mexicana de apetito amplio que le ha enseñado, que aún en el otro lado,
uno no puede olvidar la buena mesa, el taco exquisito, el sabroso guiso
que alegra tripas y corazón )

Compadre Arturo:
Nuestros taqueros celayenses (Dios los tendrá en su santa gloria ) son artistas, magos o maestros danzantes: aquel que en las esquinas del Portal Chaparro reparte los tibios tacos
de la canasta como un raro tesoro, o bien ése que en la parrilla pica, corta, combina y ensambla sus muchas creaciones, por no hablar del Houdini que hace que llueva el cilantro y se suspenda por un instante mágico el trocito de piña sobre el taco al pastor.
Son verdaderos artistas del arte culinario, por eso qué dicha abandonar la estufa y el mandil, las caras acostumbradas a los mismos gestos y las mismas ensaladas de Chilita, para comer fuera y encontrarse desde el puesto más humilde de garnachas hasta el restaurante más elegante, pasando por fondas y taquerías en un jolgorio de platos y de olores que a continuación te voy a describir: Aquí en la ciudad, sale uno a comer en cualquier día, y la calle se enfiesta, la gente forma multitudes pequeñas, a la vez compactas y respetuosas, alrededor de las mesas. Por ejemplo en el Barrio de Tierras Negras, se ofrecen por la noche diversos antojitos. Es en el atrio de la iglesia del mismo nombre donde se ponen los puestos como a las siete de la noche. Podemos encontrar esquites y elotes, junto con una especialidad que son los cacahuates cocidos con todo y cáscara, bañados con jugo de limón; se les puede añadir chile.
LAS GORDAS de masa de maíz rellenas son otro antojito que comparten muchas familias . En este barrio, las gordas más demandadas son las de migas (chicharrón), también hay de queso y las de tripas y las compuestas de queso y chicharrón. Cada comensal puede servirse a su gusto la sabrosa salsa molcajeteada de jitomate y chiles serranos azados previamente en el comal.
EN OTROS PUESTOS hay tamales de chile verde, rojos y de dulce. También “guajolotes”, que son pambazos mojados en una salsa de chile guajillo y pasados luego sobre el comal; se rellenan con carne de puerco deshebrada, papas, lechuga, salsa, frijoles refritos y, si apetece al cliente, se les añade crema.
EN CANASTAS BIEN presentadas puede adquirirse pan hecho a la manera tradicional: chorreadas, limas, conchas, gusanos y elotes de canela, panqués, cuernos de sal, alambres y hojaldras. Son famosas desde hace muchos años las gelatinas de colores, las jericallas, el flan napolitano y el arroz con leche que se ofrece en vasitos para llevar. Los buñuelos doraditos se introducen en miel tibia hecha con piloncillo y perfumada con canela y guayabas, que le dan un sabor especial. Lo dulce se equilibra con el atole blanco que sirve de acompañamiento.
UN LUGAR que también es frecuentado por los celayenses es la cenaduría Las Cazuelas, que tiene más de 60 años de ofrecer sabroso pozole, manitas de puerco, gorditas, enchiladas, tacos y los ya mencionados guajolotes. Los portales, a decir de quienes han hecho la crónica de la ciudad, han sido también lugares de encuentro. El que está en el lado oriente del actual Jardín, se conoció como Portal de las Atoleras, y el de Allende tuvo como nombre Portal de los Panaderos.
FUE FAMOSA por tortas de pollo y guajolote, la tortería Las Tortugas, del Portal Bueno. La nevería y dulcería El Ave del Paraíso estuvo por años en el Portal del Cerrojo. Desde 1970 es reconocida La Mariposa, por sus nieves y dulces tradicionales. En torno a estos antojitos se han reunido la familia y los amigos, dándose un espacio para el placer de la conversación y el buen comer.
Compadre, aquí te espero, para compartir contigo y con Margarita estos antojitos que tanta fama le han dado a estas tierras del Bajío.

Antonio Espino Mandujano

martes, 12 de mayo de 2009

EL PAISANO DE LA
CAMPANA RODANTE

Antonio Espino Mandujano



EN MEMORIA DEL PROFE APULEYO MENDIETA

En el terreno desbrozado se enciende la fogata. Don Lupe, el dirigente de los jubilados, recorre cabizbajo el baldío buscando troncones y leños para avivar el fuego. Sus compañeros lo miran condescendientes desde el zaguán añadido a la casa inconclusa del viejo líder. Lo observan con ojos fijos y vidriosos por el tequila. Algunos se hacen señas y colocan ladrillos grises para que se sienten los invitados. Otros se arrellanan en los asientos de un vocho destartalado del año del caldo. Su gesto es adusto y no sonríen.

Cuando la fogata ilumina arriba de la pared y las llamas juguetean rojas, a los pies de los invitados, don Lupe me dice que la reunión es para recordar al profe Apuleyo Mendieta que solía decir que cuando “alguien muere no se va, sólo sale a dar la vuelta”. Y el viejo maestro jubilado que gozaba de estos convivios, salió a dar la vuelta a Estados Unidos y ya no regresó.

Ahora hay quienes aseguran que murió con el overol puesto, como ayudante de unos de sus hijos que trabaja en el departamento de limpia en el sur de California, confiesa don Lupe, y añade: “un sobrino me explicó que todos los días se le veía encaramado en el andamio de un pesado camión recolector de suciedad, parlando su retahíla de voces en inglés y español, y haciendo sonar una especie de campana de barrendero en los patios de fábricas, chimeneas y refinerías”.

También comentan que murió por el virus de la influenza, después de seis meses de trabajar en condiciones de riesgo. Tan así que uno no se explica cómo en un país supuestamente civilizado los ancianos no reciben un trato preferencial.
Y aunque murió sin las atenciones debidas, dicen que “el paisano de la campana rodante”, como era conocido por allá, partió sin rencores de este mundo, recordando los campos abundantes de su Apaseo, los más verdes de la provincia del sur, como solía decir.

Por eso, hoy nos reunimos para recordarlo, para hablar del amigo Apuleyo, y que la pena se torne sosegada ante la remembranza de su música de acordeón y su pasión por el baile, reflejo de esa labor suya del amor que siempre le tuvo a la vida, sostiene don Lupe.



“EL RELÁMPAGO DEL PUEBLO DE IXTLA”

Cuando a principios de abril, entrevisté al profesor Apuleyo Mendieta, vivía en una finca a las afueras de Caleras de Ameche. Me llamó la atención porque me dijeron “que hacía llorar el acordeón al estilo de Ramón Ayala”, de ahí que le bautizaron con ánimo coloquial como “el relámpago del pueblo de Ixtla”.

No se equivocaron, pues además de maestro de escuela rural, siempre fue un extraordinario músico, un estudiosos del corrido y un excelente bailador que sabía de alegrías y obsesiones.

Y aunque hacia diez años que se había jubilado seguía conservando ese zapateado firme y vigoroso cuando bailaba los sones regionales como en aquellos tiempos en que andaba sobrado de apetitos carnales y apretaba de la cintura a su pareja y rehileteaba el sombrero, lo lanzaba al aire para que éste cayera en la cabeza de la mujer, mientras avanzaba de izquierda a derecha dando varias vueltas a la pista taloneando duro y alzando el tacón, para verse bien pantera.

En ese entonces me comentó que su profesión de maestro la había ejercido en comunidades rurales alejadas, en salones con techo de ramas y con alumnos desnutridos y sin desayunar, sentados en pupitres desvencijados, y donde los campesinos todavía utilizaban la yunta de bueyes para sembrar y el maíz se medía en pequeñas cajas de madera coloniales que se llaman cuarterones.

Me confesó que les había enseñado las primeras letras, así como a bailar sones regionales y a cambio sus alumnos y la gente le dieron una lección de organización comunitaria con sus rituales de las mayordomías para celebrar sus fiestas patronales y la comprensible determinación de creer en sus santos y figuras religiosas. Afirmaba que eso era importante sobre todo en esta región donde los beneficios oficiales llegan tarde y a cuentagotas.

Don Apuleyo también sabía de pasos, evoluciones y escenografías del baile regional. En tertulias, fiestas patronales y cívicas bailaba lo que ponían: desde el jarabe largo ranchero, mixteco, polcas norteñas, sones veracruzanos y hasta norteños, con aire de suficiencia.

De la música solía decir “que abre los oídos del alma y el baile la alegra”; nos confesaba, este profesor jubilado, que aún conservaba muchas inquietudes de juventud y que con su acordeón interpretaba los corridos que, según decía, “son poemas narrativos acompañados de música que describen sucesos y personajes”, los cuales representan las raíces profundas del sentimiento mexicano.

Por otro lado, en esa ocasión, el profe Apuleyo habló también de su tronco familiar y se dijo ser un mezquite de amplia fronda, que gozaba a plenitud los años transcurridos y que todavía por su propia vitalidad: cantaba, bailaba, se divertía, cuidaba a los nietos y plantaba árboles frutales.

“La gente me tiene mucho respeto. También los políticos de esta región me tienen un reconocimiento muy especial por mi labor docente y porque dicen que hago llorar el acordeón que es un instrumento de pueblo y de hambre. En las fiestas del lugar se me acercan y me preguntan: ¿es usted el profe Apuleyo?. Felicidades, he oído de sus historias y corridos. Por eso en las historias que narro, musicalmente rescato lo que son las comunidades, la vida rural, su gente y su forma de hablar y de ser”, explicaba muy ufano.

No sin humor, el anciano admitía “que se podrá decir de mi que soy un viejo útil, que goza de cabal salud y vive en santa paz con el mundo, y hasta dirán que soy un chingón que algún día puedo llegar a presidente municipal”.

Y bueno. Parece que no fue así, porque ya no regresó del vecino país del norte, este viejo profesor que gozó de las bondades de la vida, y hoy lo recuerdan con mucho cariño sus amigos de la asociación de jubilados.
LAS BANDAS DE VIENTO

ANTONIO ESPINO MANDUJANO

La manera cálida y sencilla con la que don Lorenzo Carreño hila sus pensamientos es ejemplo del hombre que sabe lo esencial de la vida. Para empezar es memorioso y práctico. Ha ido acumulando recuerdos, hechos, fragmentos de la historia sobre las bandas de música del sur del estado, ya que desde los 8 años su padre lo llevaba a trabajar la parcela y después, por iniciativa de la Iglesia, le daba duro a la escoleta en el casco de la hacienda de Santo Tomás Huatzindeo donde junto a otros infantes aprendió primero a leer música antes que el silabario.

Las primeras manifestaciones –explica- de lo que hoy conocemos como música de banda se registran en el siglo XIX, cuando en muchos lugares del estado, se formaron agrupaciones a iniciativa de la Iglesia, el Ayuntamiento o la propia comunidad, que comienzan a imitar a las bandas militares del emperador Maximiliano de Austria, “que interpretaban música clásica”.

Señala que de estas raíces surgen las bandas que proliferan en los años treintas, famosas por su repertorio donde figuraban las oberturas de “la Flauta Mágica” y “las Bodas de Fígaro” y óperas de Mozart; “Fidelio”, de Beethoven, posteriormente agregaron a su sonido valses, pasodobles, himnos, sones, rumba, merengue, danzón, cha cha chá y cumbia, entre otros.

De este ímpetu nació la famosa banda del maestro Pánfilo Mosqueda, mejor conocido como el profe Colibrí, un viejo bonachón que enseñó música a generaciones de alumnos de las escuelas públicas de la región donde pocos como él han dejado raíces académicas.

Se comenta que hoy en día tiene un centro de capacitación para música de bandas de viento, en San José California, llamada El Colibrí Dorado, como el picaflor que vive en el norte y es migratorio.

Y dicen que le puso este nombre en referencia a su apodo y porque a esta pequeña ave se le considera animal divino que augura suerte y felicidad, por su belleza y delicadeza que hace que se le vincule con el amor.

Según nos cuenta don Lorenzo Carreño, a este maestro se le achacan los motes más despectivos y acordes a las características de cada uno de sus alumnos, así como también el haber emprendido un proyecto para rescatar y mantener la tradición de las bandas de viento en el sur del estado.

Era un espectáculo escuchar a los niños y jóvenes durante sus prácticas cotidianas, aprendiendo los métodos de enseñanza del maestro Pánfilo con su repertorio de valses, pasodobles, sones, himnos y danzones.

Afirma que a la gente le admiraba el ímpetu de las llamadas escoletas, donde el profe Pánfilo enseñaba a los niños de temprana edad a leer música al mismo tiempo que textos y poemas dedicados a Santa Cecilia, patrona de los músicos.

Su banda de viento La Chuparrosa del Bajío era el “ajonjolí de todos los moles”, lo mismo era contratada para tocar en casorio que en el funeral, el festejo del santo patrono que el acto cívico del Ayuntamiento, la corrida de toros que el jaripeo; en todos los actos musicales de servicio a la comunidad, ahí estaba La Chuparrosa con El Cabezón, El Boludo, El Trompudo, La Pinguica, El Botas Meadas, El Atrevido y El Quinceuñas entre los más famosos, ejecutando el clarinete, la tuba, la trompeta, el trombón, la tarola y el tambor.

A estos filarmónicos se les reconoce como pioneros de la música de banda como expresión de la cultura popular que incorporaron a su repertorio la música tradicional y el folclor que viste a los músicos con calzones de manta y sombrero, con una estructura interna donde predominan las relaciones de parentesco mediante las cuales se heredaba la tradición musical.

Hoy es frecuente encontrar por estos rumbos, a agrupaciones musicales integradas por hermanos, tíos, primos, compadres y ahijados cuya actividad gira en torno a las festividades religiosas.

El caso de La Chuparrosa, con el profe Mosqueda como director, captó la atención de historiadores musicales que reconocieron en esta banda de viento “una forma de organización social que identificaba a los individuos y reflejaba sus distintas manifestaciones culturales”, y creó toda una escuela cuyo objetivo era deleitar en los festejos religiosos, familiares y cívicos como una forma de comunicación humana.

Llegó a ser tanta su influencia en la esfera pública que la gente decía que la banda del profesor Colibrí “en las bodas incitaba a la alegría y al bailongo; en los actos cívicos hacía más patriotas a los ciudadanos y en los velorios, con su trombón, guiaba el alma al reino de los cielos”.

Por estas razones finaliza don Lorenzo Carreño, para preservar la memoria, en estos días de festejos patronales, un grupo de condiscípulos nos reunimos para recordar al profesor Pánfilo Mosqueda “forjador de una manifestación musical” que ha sido factor importante en la preservación y educación de las bandas de música de viento en el sur del estado de Guanajuato.

LA GLOBALIZACION

LA GLOBALIZACIÓN
“...Y SUS NUEVOS ENFOQUES”


ANTONIO ESPINO MANDUJANO

Después de la misa en la pequeña parroquia de la Noria tronaron los cohetes y acompañados por una banda de música, más de mil tarimorenses caminaron por la calle principal de esta localidad hasta la salida a la carretera de el Cacalote.
Iban los peregrinos con sus banderas desplegadas, de un amarillo citrino, grandes y en agitación constante. Eran un grupo de hombres con sombreros y cachuchas, y mujeres con pantalones de mezclilla y enaguas de un azul chillante.

Caminaban a mitad del campo sobre sus ágiles zapatos y huaraches de cuero levantando nubes de polvo y bajo un sol que se asomaba a la ladera de mezquites verdes que enmarcaban el panorama silvestre.

El reloj marcaba las 12:30 horas y el repiqueteo de las campanas de la parroquia del Cacalote,Gto. alcanzó su máxima intensidad cuando los peregrinos arribaron al poblado. Golpea la resolana. No importa. Desde lejos se percibe cómo se desplaza un alfombra de sombreros, cachuchas y sombrillas que van poblando el atrio del recinto cristero, donde se le rinde culto a fray José Pérez.

Llega el padre Alfredo Gallegos y entonces se escuchan gritos. Vestido con una camisa campirana abierta hasta la mitad del esternón y botas vaqueras, el Padre Pistolas le gusta echar rollos alegres ante audiencias cautivas y disfrutar de amabilidades y vítores.

En esta ocasión, en tono paternal preguntaba a los presentes: “¿quieren que cante, que cuente chistes o que hable de la Mula de seises...?”. “¿Cuál es el tema?”. Bueno, respondía él solo: “el tema de hoy es la globalización y sus nuevos enfoques, así que les pido su comprensión...y espero reflexionen el mensaje. La gente, en su mayor parte del sexo femenino, asentían.


¡RE-SUL-TA-DOS!

Animado por los aplausos, el sacerdote empezó a hablar a la multitud desde lo alto de una pila de ladrillos: “paisanada, había una vez, en Tarimoro (un pueblo del sureste del estado), dos paisanos gordinflones hijos de familia tradicionista y muy católica que se llamaban Rubén Ramírez. Uno, sacerdote famoso por recrear figuras evangélicas, y el otro era chofer de microbús, obeso y abotagado. Quiere el destino que los dos mueran el mismo día. Entonces, llegan al cielo, donde los espera San Pedro vestido de humilde túnica blanca que contrastaba con los elegantes trajes sastre y vestidos tipo Chanel de unas esposas de presidentes municipales de la región que esperaban turno. “¿Tu nombre?”, pregunta el santo al primero. “Rubén Ramírez”. “¿El sacerdote?”. “No, no; el chofer Burrén”. El santo custodio de las llaves del Cielo consulta su planilla y dice: “bueno, por tus actos y trapacerías de microbusero, te has ganado el Paraíso. Por lo tanto, te corresponden estas túnicas de seda con hilos de oro y esta vara de áureo metal con incrustaciones de rubíes. Puedes pasar. “Gracias, gracias, dice el chofer que siempre andaba al volante de un microbús del año del caldo, medio destartalado y con las llantas lisas. Pasan dos mujeres más (ex primeras damas), y luego le toca el turno al otro Rubén, quien había presenciado la entrada de su paisano. “¿Tu nombre?”. “Rubén Ramírez. “¿El sacerdote?” “Si”. “Muy bien, hijo mío. Te has ganado el Paraíso. Te corresponde esta bata de poliéster y esta vara de mezquite”. El sacerdote dice: “perdón, no es por presumir, pero...debe haber un error. ¡Yo soy Rubén Ramírez, el sacerdote!”. “Sí, hijo mío, te has ganado el Paraíso, te corresponde la bata de...” “¡No, no puede ser!. Yo conozco al otro señor, era un chofer, vivía en mi pueblo, ¡era un desastre como microbusero, en su camión con las puertas abolladas y raspadas, el chasis todo madreado de tanto golpe bajo, se subía a las banquetas, chocaba todos los días, una vez se estrelló contra una casa y en otra ocasión tiró dos postes del alumbrado. Y yo me pasé 50 años de mi vida predicando todos los domingos en la parroquia de San Miguel. ¿Cómo puede ser que a él le toque una túnica con hilos de oro y vara de platino y a mí esto?. ¡Debe haber un error!”. “No, no es ningún error dice San Pedro, lo que pasa es que aquí en el Cielo ha llegado la globalización con sus nuevos enfoques administrativos. Nosotros ya no hacemos las evaluaciones como antes”. “¿Cómo? No entiendo”. “Claro, ahora nos manejamos por objetivos y resultados. Mira, te voy a explicar tu caso y lo entenderás en seguida: durante los últimos 50 años, cada vez que tú predicabas, la gente se dormía; pero cada vez que el chofer conducía, la gente rezaba y se acordaba de Dios. Entonces, ¿quién vendía más nuestros servicios?. Nos interesan los resultados, hijo mío. ¡Re-sul-ta-dos!”.

EL CANTANTE

EL CANTANTE DE LOS PEREGRINOS

ANTONIO ESPINO MANDUJANO


El padre Alfredo Gallegos Lara, como intérprete de boleros, es un cantante muy famoso y admirado entre los peregrinos que caminan del Bajío al Tepeyac.

Siempre los acompaña en sus agotadoras jornadas y en las noches, en una especie de abrazo musical, para ahuyentar el tedio y el cansancio, acompañado de su tradicional guitarra o a veces llevando mariachi y rodeado de más de trescientos feligreses hace que sus canciones y sus chistes se esparzan, creando una atmósfera de relajamiento, de romanticismo, de recuerdos; por momentos de nostalgia y alegría, en una suerte de charro cantor con el ánimo encendido que multiplica las complacencias en un escenario con aires de campo y caminos de tierra.

Los peregrinos que conocen de música dicen que dramatiza la melodía, en un estilo cadencioso que alarga los tonos en las vocales y maneja el énfasis en las frases al estilo de José Alfredo Jiménez, como cuando canta El Rey: “Una piedra en el camino/me enseñó que mi destino/era rodar y rodar/después me dijo un arriero/que no hay que llegar primero/sino hay que saber llegar”. O bien recalcando emocionalmente la línea poética como cuando interpreta música de la trova yucateca como esa canción de Guty Cárdenas que dice: “Yo sé que nunca/besaré tu boca/tu boca de púrpura encendida/yo sé que nunca llegaré a la loca/y apasionada fuente de tu vida”.

Por eso al término de la ceremonia religiosa y cuando los peregrinos se dan cuenta de la presencia del sacerdote-cantante, es a él a quien le piden que se arranque con una canción prendiendo el júbilo de la feligresía.
“¡Padre Feyo échese una alegre, que esto parece velorio”!, grita alguien de los peregrinos. Y el Padre Pistolas responde con un animado “Caminos de Guanajuato” que prende a la concurrencia.

Es también ya famosa la anécdota, cuando en la comunidad de San Nicolás de la Condesa, los lugareños bailaban al son de los mariachis y se desgañitaban armando borlote en cuanto el padre Alfredo se arrancaba con una canción.

Doña Conchita, una anciana que se olvidaba de sus 76 años de edad, zapateando “el mariachi loco”, por sus zangoloteo le gritaba la chamacada a su alrededor “¡voy polla”!, y con voz de trueno el Jilguero de Tarimoro complementaba “¡pero no hay ningún gallo”!, esbozando una sonrisa y manteniendo el ánimo en lo alto, mientras las caras de alegría de los parroquianos lo decían todo.

Su fama ha trascendido por todas las comunidades de la región sur del estado, tan es así que los lugareños han compuesto más de una docena de corridos en su honor. Un ejemplo de originalidad e improvisación es el corrido Mañanitas al Padre Pistolas, que los campesinos de Las Cañadas de Tirados, cantaron una fría tarde, en la que flotaban algunos sueltos jirones de nubes blancas, mientras departíamos entre puestos de comida con motivo de su fiesta patronal.

Tal vez por eso dicen los peregrinos que el padre Alfredo suele ser directo, franco y sonriente y sin asomo alguno de esas solemnidades antipáticas que suelen caracterizar a las dignidades católicas.

Es por tal motivo “el cantante de los peregrinos” del Bajío al Tepeyac, porque de esos curas quedan pocos.