AL OTRO LADO DE LA FRONTERA
UNA LEYENDA DEL MAIZ
ANTONIO ESPINO MANDUJANO
San Benardino, Ca.- Uno de los personajes que más curiosidad inspira es el viejo Yamandu Johnson, periodista y narrador de historias de Big Bear, California. No sólo por su fuerza del lenguaje como centro del trabajo periodístico, su agitada carrera política o su talento para comunicarse con la gente: quizás sea porque a estos rasgos de su personalidad, se añaden los múltiples oficios que ejerció y su conocimiento de la planta del maíz que lo ha llevado a esclarecer el cómo y el porqué este cereal llegó a Estados Unidos.
Don Yamandu pertenece a la casta de los antiguos juglares gringos que recorrían las montañas de San Bernardino llevando sus mensajes.
Con lenguaje exquisito me contó la leyenda del maíz, cuya metáforas e imágenes mezclan principios y valores y lo acercan a México “como su segundo país”, pues como suele decir: “si no hubiera nacido en el condado de San Bernardino, imagino, lo habría hecho en las tierras del Bajío guanajuatense”.
En entrevista, en su cabaña de Big Bear, donde escribe artículos sobre alimentos mesoamericanos, explicó que en Estados Unidos los totopos y tostadas están en segundo lugar de venta, después de las papas fritas. Una empresa mexicana de harina de maíz tiene 18 importantes fábricas en EU y controla más de 75 por ciento del mercado, y las ventas del año pasado llegaron a cerca de 10 mil millones de dólares, se han establecido fábricas en Centroamérica, Australia y Asia. Europa es hoy un mercado con alta potencialidad. De ahí la importancia del maíz.
Y LE LLAMARON “ABATI” ( LA LEYENDA )
Durante largos meses, los ríos se secaban, se marchitaban los árboles, los animales morían de sed. Los habitantes del condado, que al principio estaban pacientes, comenzaron a desesperarse. Entonces el “rubichá” (jefe de la tribu), en una sostenida cábala con los genios del cielo, develó el secreto:
- Tupá está enojado con sus hijos y por eso los castiga con el hambre, la sed y la muerte si no vuelven los ojos a El.
El pueblo entero se arrepintió y cayó de rodillas, jurando amor y respeto a sus leyes.
Pero el Rubichá continuó:
- Eso no basta. Para aplacar la ira de Tupá, es necesario sacrificar la vida de uno de sus hijos.
Entonces, entre los circunstantes salió un joven guerrero que exclamó con firmeza:
- Yo me ofrezco al sacrificio...
Lloraron los suyos y lloró el pueblo de emoción y dolor. Pero el joven mantuvo su decisión inquebrantable.
El Rubichá, dolorido, no tuvo otro recurso que aceptar el sacrificio de aquel joven, cuya vida podría ser tan útil. Caminaron hasta un sitio despoblado de árboles, cavaron una fosa y en ella tomó el joven su voluntaria sepultura. La tierra, fuertemente apisonada lo cubrió totalmente, dejando sólo fuera la nariz del joven.
A los pocos instantes asomó una tormenta en el horizonte que vertiginosamente descendió sobre las montañas de San Bernardino. El viento y los relámpagos, sembraron el pánico entre los hombres. La lluvia abundante y dulce duró toda la noche. ¡El milagro se había cumplido!...
Al día siguiente toda la tribu, se dirigió al lugar del sacrificio para testimoniar su gratitud. Pero en el mismo lugar, donde el día antes asomara la nariz, había brotado una planta de largas hojas verdes, entre las que asomaban espigas con granos de oro.
Era el maíz, y le llamaron “abati”, que, quiere decir “Nariz de indio”.
Producto multinacional: la tortilla
La tortilla ha sido el principal alimento del pueblo mexicano, y junto con el frijol es la base de su supervivencia en virtud de una complementación maravillosa; en las zonas rurales la tortilla representa más del 70 por ciento del total de calorías consumidas. Se dice que el papel de este alimento en la vida diaria es fundamental. Siendo un producto multinacional obedece el alza de la tortilla al encarecimiento del maíz. Ayer señaló la Cámara Nacional de la Industria de Producción de Masa y Tortilla que el aumento al precio de este producto básico depende del precio de los insumos.
La CNIPMT justificó el incremento al precio del kilogramo de la tortilla, debido al “desmedido encarecimiento del maíz de más de ciento por ciento en sólo un año”, el alza del gas y a la apertura de nuevos negocios.
Explicó que el maíz blanco pasó de mil 700 pesos la tonelada a tres mil 500 pesos en el último año, lo que implica un incremento de 105.8 %.
Desde hace un año empezó el incremento del precio de la tortilla, cuando estaba a cinco pesos el kilogramo, debido a las variaciones de las cotización de la masa, pero en la actualidad están cerrados los cupos de importación de maíz, señaló.
El precio de la tortilla se ofrece en la actualidad entre 8 y 10 y subirá a 14 pesos el kilogramo, según los industriales de la masa y la tortilla.
jueves, 14 de mayo de 2009
BAILARINAS EXOTICAS
BAILARINAS EXOTICAS
ANTONIO ESPINO MANDUJANO
UNO
MERCADO LABORAL DE CELAYA
Ataviada en azul, su color preferido, Vanesa Julieta no podía contener el lloriqueo, que absorbía con una servilleta desechable. Para empezar ella se tomó dos caballitos de tequila, de varios tragos cada uno y durante la charla bebió dos cervezas.
La bailarina quería disimular las lágrimas, pero el sentimiento era ostensible. “Cuando se pierde la vergüenza, a una le vale un comino que le llamen teibolera o como les pegue su regalada gana; yo creo que a esta “profesión” no hay que andarle averiguando mucho: me parece mejor aceptarla y ya”, gime mientras va describiendo nombres, lugares, anécdotas y, sobre todo porque así lo marca la naturaleza de su oficio, “un sinnúmero de casos donde tanta bestia en celo ha tratado de sobrepasarse”.
Vanesa viste unos jeans que se entallan a su delgado cuerpo y una ceñida blusa azul muy llamativa. Sus ojos son de un café tenue y cautivante. Ella ha demostrado su facilidad para desnudar su cuerpo en “el mercado laboral de Celaya”, sin embargo tiene mucha competencia, “pues viene apretando fuerte un grupo de jóvenes extranjeras interesadas en ejercer su profesión en esta ciudad”.
En esta ocasión está rodeada de un grupo de mujeres semidesnudas que posan como para un cromo de vulcanizadora y aunque sus físicos no responden a los estándares de la estética occidental, de cualquier manera lo que les importa es el empeño, la enjundia, el sentido del ritmo y la voluntad que le ponen a sus presentaciones.
DOS
“¡TUBO, TUBO, TUBO!”
Es cerca de la media noche y al ritmo de “La mesa que más aplauda...” (za za za), el animador invita a los clientes a chupar y presenta a las chicas que bailan en la pista al ritmo de esa pegajosa pieza. En el más puro vacile y chacoteo erótico las bailarinas resbalan su cuerpo en el “tubo” para luego desprenderse de su ropa poco a poco, ante los gritos de una clientela de todas las edades, que por lo general, llegan a estos lugares en grupos.
En antro de avenida Constituyentes empieza la noche a todo gas. Las diez bailarinas exóticas inician su ronda de table dance. Untado el traje en sus cuerpos dan la impresión de que les pintaron el vestido en la piel. La redondez donde debe estar. Los espigados cuerpos que se mueven como siluetas y que parecen estatuas modeladas al antojo del escultor, contorsionándose al ritmo de la música y de los gritos que se escuchaban de “¡tubo, tubo, tubo!” y de risas procaces.
Una voz al micrófono presenta a cada una de ellas. Todas van apareciendo en la pista entre neblina violeta y con sus vestidos ligeros, pantalones ceñidos y blusas que guardan senos a punto de reventar el sostén.
Para incrementar el consumo un par de meseros animan a “los clientes” a que “inviten” a su mesa a una de las chicas para un “table dance”. La más solicitada es Vanesa, muslos macizos entallados en short azul y caderas respingonas. La mujer baila delante de una pareja de hombres trajeados que beben ávidamente. Juguetona, mueve las caderas y sacude los senos, que acaricia entre sus manos, para después ponerlos en la cara de los parroquianos. Luego se descorre el short hacia abajo y se da la vuelta, se agacha y sacude sus caderas que cubre una minúscula tanga color violeta. Lo hace en la cara de otro cliente que suelta un insulto y una risa procaz. Entonces la mujer, hace la finta de bajarse la tanga y al ritmo de la música, al final de su “téibol”, muestra su trasero hacia la concurrencia que extiende sus bramidos cuando se aleja sacudiendo sus caderas respingonas.
TRES
MERCADO REGIONAL
Al parecer, por información que nos brindaron las mismas bailarinas, Celaya es considerada “un mercado regional”, donde llegan todas las noches un promedio de 150 “teiboleras”, de las cuales 60 son consideradas “de primer nivel”.
Aquí, en 15 centros nocturnos, las vemos de todo tipo: delgadas, altas, bajitas, morenas, de piel clara; algunas son menores de edad y otras rebasan los treinta años; pero todas lucen muy arregladas y con celular al cinto. Su trabajo es una fuente importante de ingreso para los dueños de antros y también genera empleos directos que ocupan a taxistas, cantineros, meseros y responsables de seguridad; así lo tienen considerado las estadísticas que manejan los funcionarios de Fiscalización en lo que se conoce como mercado laboral de las bailarinas exóticas.
ANTONIO ESPINO MANDUJANO
UNO
MERCADO LABORAL DE CELAYA
Ataviada en azul, su color preferido, Vanesa Julieta no podía contener el lloriqueo, que absorbía con una servilleta desechable. Para empezar ella se tomó dos caballitos de tequila, de varios tragos cada uno y durante la charla bebió dos cervezas.
La bailarina quería disimular las lágrimas, pero el sentimiento era ostensible. “Cuando se pierde la vergüenza, a una le vale un comino que le llamen teibolera o como les pegue su regalada gana; yo creo que a esta “profesión” no hay que andarle averiguando mucho: me parece mejor aceptarla y ya”, gime mientras va describiendo nombres, lugares, anécdotas y, sobre todo porque así lo marca la naturaleza de su oficio, “un sinnúmero de casos donde tanta bestia en celo ha tratado de sobrepasarse”.
Vanesa viste unos jeans que se entallan a su delgado cuerpo y una ceñida blusa azul muy llamativa. Sus ojos son de un café tenue y cautivante. Ella ha demostrado su facilidad para desnudar su cuerpo en “el mercado laboral de Celaya”, sin embargo tiene mucha competencia, “pues viene apretando fuerte un grupo de jóvenes extranjeras interesadas en ejercer su profesión en esta ciudad”.
En esta ocasión está rodeada de un grupo de mujeres semidesnudas que posan como para un cromo de vulcanizadora y aunque sus físicos no responden a los estándares de la estética occidental, de cualquier manera lo que les importa es el empeño, la enjundia, el sentido del ritmo y la voluntad que le ponen a sus presentaciones.
DOS
“¡TUBO, TUBO, TUBO!”
Es cerca de la media noche y al ritmo de “La mesa que más aplauda...” (za za za), el animador invita a los clientes a chupar y presenta a las chicas que bailan en la pista al ritmo de esa pegajosa pieza. En el más puro vacile y chacoteo erótico las bailarinas resbalan su cuerpo en el “tubo” para luego desprenderse de su ropa poco a poco, ante los gritos de una clientela de todas las edades, que por lo general, llegan a estos lugares en grupos.
En antro de avenida Constituyentes empieza la noche a todo gas. Las diez bailarinas exóticas inician su ronda de table dance. Untado el traje en sus cuerpos dan la impresión de que les pintaron el vestido en la piel. La redondez donde debe estar. Los espigados cuerpos que se mueven como siluetas y que parecen estatuas modeladas al antojo del escultor, contorsionándose al ritmo de la música y de los gritos que se escuchaban de “¡tubo, tubo, tubo!” y de risas procaces.
Una voz al micrófono presenta a cada una de ellas. Todas van apareciendo en la pista entre neblina violeta y con sus vestidos ligeros, pantalones ceñidos y blusas que guardan senos a punto de reventar el sostén.
Para incrementar el consumo un par de meseros animan a “los clientes” a que “inviten” a su mesa a una de las chicas para un “table dance”. La más solicitada es Vanesa, muslos macizos entallados en short azul y caderas respingonas. La mujer baila delante de una pareja de hombres trajeados que beben ávidamente. Juguetona, mueve las caderas y sacude los senos, que acaricia entre sus manos, para después ponerlos en la cara de los parroquianos. Luego se descorre el short hacia abajo y se da la vuelta, se agacha y sacude sus caderas que cubre una minúscula tanga color violeta. Lo hace en la cara de otro cliente que suelta un insulto y una risa procaz. Entonces la mujer, hace la finta de bajarse la tanga y al ritmo de la música, al final de su “téibol”, muestra su trasero hacia la concurrencia que extiende sus bramidos cuando se aleja sacudiendo sus caderas respingonas.
TRES
MERCADO REGIONAL
Al parecer, por información que nos brindaron las mismas bailarinas, Celaya es considerada “un mercado regional”, donde llegan todas las noches un promedio de 150 “teiboleras”, de las cuales 60 son consideradas “de primer nivel”.
Aquí, en 15 centros nocturnos, las vemos de todo tipo: delgadas, altas, bajitas, morenas, de piel clara; algunas son menores de edad y otras rebasan los treinta años; pero todas lucen muy arregladas y con celular al cinto. Su trabajo es una fuente importante de ingreso para los dueños de antros y también genera empleos directos que ocupan a taxistas, cantineros, meseros y responsables de seguridad; así lo tienen considerado las estadísticas que manejan los funcionarios de Fiscalización en lo que se conoce como mercado laboral de las bailarinas exóticas.
LA SANTA NIÑA BLANCA
LA SANTA NIÑA BLANCA, LA CERVEZA Y EL MOLE
ANTONIO ESPINO MANDUJANO
UNO
La noche del sábado, bajo una pálida luna en cuarto creciente, un grupo de devotos se dio manga ancha realizando proselitismo y rindiendo culto a la Santa Niña Blanca, la Santísima Muerte, la imagen cadavérica no reconocida por el santoral de la Iglesia Católica.
En breve ceremonia, en un predio baldío anexo a la cueva de María Graciana, al norte de Juventino Rosas, Gto., un buen número de creyentes se amontonó en torno a la vitrina empotrada en un pequeño remolque donde se posó la llamada “Niña Blanca”, con su guadaña y su alba vestidura, para participar en una manifestación de fe entre rezos, crisantemos, música, mole y cerveza.
Como suele ocurrir en estos casos, el ritual de la adoración inicia con cantos y alabanzas, por gente venida desde el barrio de Tepito, luego sigue una oración para pedirle a la santísima muerte protección y ayuda, y porque “la niña sea cada vez más venerada”. Pero la imagen necesita un estímulo y “El Chilango”, el líder de los seguidores, ataviado con su túnica escarlata que cubre todo su cuerpo, con previo pedimento de permiso a Dios, sube a la plataforma “de la capilla” y se encarga de dar cuenta “de los milagros de la santa, que lo mismo alivia a un ser querido, que retiene a la pareja o que ayuda para que nunca falte dinero en el hogar”.
“El culto público empezó a darse hace tres años y cada vez es más venerada”,dice este hombre maduro, de mirada dura y desafiante que se acentúa más con la tenue luz de unos velones de cebo y que suele hacer alarde de conocimientos que se enmarcan en la tradición centenaria de sus antepasados curanderos.
“Sólo que la maledicencias de algunos intentan acotar la popularidad de la Santa Niña y le atribuyen ser la patrona de prostitutas, ladrones y contrabandistas”, explica.
Y agrega: “por eso aquí estamos sus centuriones, sus fieles escuderos para decirles que la Santa Muerte es cada vez más venerada por creyentes que tienen forma de vida honesta como lo demuestran las gentes que en esta noche asisten a sus rezos y fiesta”.
De ahí que para corroborar lo anterior, el hombre interroga a los presentes sobre sus actividades, sus negocios y sus relaciones familiares, sobre sus testimonios milagrosos y hace saber que es él, el de mayor jerarquía y peso moral, el “facultado” para dirigir el ritual y ofrendar la ceremonia al cielo.
Después de otras referencias a la adoración a la Santísima Muerte y enumerar las necesidades que se tienen para su promoción en los festejos del mes de noviembre, “El Chilango” pide “a sus hermanos” cerrar los ojos y levantar las manos para realizar una oración que en cuestión de minutos prende a los presentes.
“...Aquí estamos postrados Niña Blanca, en este lugar escogido en tu memoria, rindiendo culto, pidiendo misericordia e invocando tu ayuda, pues sólo tú sabes de las necesidades que todos tenemos...”
Al poco tiempo de empezar la oración, el hombre habla con voz resonante, grita, se agita, camina, desplaza su cuerpo de complexión robusta de un extremo a otro de la pequeña plataforma que rechina por el peso del orador. Se arrodilla en el centro extendiendo su túnica satinada y haciendo la señal de la cruz con los brazos extendidos, en su letanía demanda: “...fuera temor y frustración, fuera maldición y envidia, saca de nuestras vidas, Niña Blanca, a la enfermedad, la mala suerte y la tristeza; que salga también la desesperanza, que salgan las penas y salga el dolor...”
A la distancia, sus ojos se ven brillosos, su rostro moreno suda cuando fervoroso concluye el rito con la oración final: “...oh, Santísima Muerte, Niña Blanca adorada, imagen venerada, quita de nuestras almas los temores y rompe las cadenas de la maldición. ¡Alabada seas, Niña Alba, por nuestra madre tierra... recibe las flores matizadas y las hierbas lozanas y olorosas con las que sanaban nuestros antepasados!”.
Acto seguido todos se levantan y a paso lento se van colocando al centro del predio, donde una mujer de vestido satinado azul se aproxima a la Santa Muerte y la unge con el humo de copal, en un acto de purificación y como ofrendando la ceremonia al cielo.
Confieso que me fue muy difícil saber si fue el fervor que le puso el orador o la creencia, la fe en la Niña Blanca, pero los asistentes, después de guardar silencio, empezaron a gritar también. La señora de vestido satinado por momentos parece perder el equilibrio y es necesario que el “Chilango” la tome del brazo; con los ojos muy abiertos y con los brazos extendidos se veía como a la espera de un temblor, una ráfaga de aire o algo “parecido a una purificación”, según me confesó, la anciana, al final cuando me interrogó sobre mi procedencia e intenciones informativas.
Estaba acompañada de un hombre chaparro y moreno que traía una chamarra blanca, sin abrochar, dejando ver una enorme imagen de la Santísima Muerte de oro puro suspendida contra su pecho. “Es el que financía la ceremonia, el promovente, el hombre grande que ayudará a todos en su necesidad, y que hoy comienza con esta festividad, me dijo la mujer, mientras se inclina para murmurarme al oído su apelativo.
El hombre que había permanecido en silencio y observando por largo tiempo y desmedida devoción la figura de la muerte, de pronto extrajo unas latas de cerveza que traía debajo de la chamarra a medio cerrar y pidió a un trío de músicos de guitarra y acordeón que cantaran el corrido de La Santa Niña Blanca, cuyas notas empezaron a sonar en la diminuta cueva de María Graciana marcando el final del ritual para dar inicio a la fiesta entre abundantes sixs de cerveza y tequila fino acompañada de pollo con mole y cubetas de plástico con tortillas de colores.
DOS
Según datos recogidos por “El Chilango”, dice que en México existen al menos un millón de devotos de La Santa Muerte y cada vez es más frecuente que se le organicen misas, ritos y celebraciones.
Al darnos a conocer información sobre la estatua cadavérica a quien un ex convicto puso un templo en Querétaro hace siete años, explicó que desde tiempos ancestrales, previos a la Conquista, las comunidades indígenas ya hacían tributo e invocaban pidiéndole protección a la muerte.
Presentaban a las doncellas ante La Niña Blanca y las hacían acompañar de ancianos que representaban los elementos dadores de vida: tierra, viento, agua y fuego.
Hoy en día es una de las imágenes más controvertidas, pues en sus rituales, llenos de devoción y misterio, dada las circunstancias de sus creyentes para alejar el mal destino o incluso las vicisitudes políticas, hay que recorrer caminos de terracería y “ofrendar a la niña infusión de amole, con la cual, en la víspera del ritual se lavaron su negra cabellera las mujeres jóvenes para que les quedara sedosa y limpia”.
Lo anterior para ganar la estima y protección de la santísima dama, como dice “El Chilango”, cuando ya entrada la noche del sábado, se dispone a prestar atención a sus “hermanos creyentes”, que beben a grandes tragos sus latas de cerveza, y van por el segundo plato de mole.
ANTONIO ESPINO MANDUJANO
UNO
La noche del sábado, bajo una pálida luna en cuarto creciente, un grupo de devotos se dio manga ancha realizando proselitismo y rindiendo culto a la Santa Niña Blanca, la Santísima Muerte, la imagen cadavérica no reconocida por el santoral de la Iglesia Católica.
En breve ceremonia, en un predio baldío anexo a la cueva de María Graciana, al norte de Juventino Rosas, Gto., un buen número de creyentes se amontonó en torno a la vitrina empotrada en un pequeño remolque donde se posó la llamada “Niña Blanca”, con su guadaña y su alba vestidura, para participar en una manifestación de fe entre rezos, crisantemos, música, mole y cerveza.
Como suele ocurrir en estos casos, el ritual de la adoración inicia con cantos y alabanzas, por gente venida desde el barrio de Tepito, luego sigue una oración para pedirle a la santísima muerte protección y ayuda, y porque “la niña sea cada vez más venerada”. Pero la imagen necesita un estímulo y “El Chilango”, el líder de los seguidores, ataviado con su túnica escarlata que cubre todo su cuerpo, con previo pedimento de permiso a Dios, sube a la plataforma “de la capilla” y se encarga de dar cuenta “de los milagros de la santa, que lo mismo alivia a un ser querido, que retiene a la pareja o que ayuda para que nunca falte dinero en el hogar”.
“El culto público empezó a darse hace tres años y cada vez es más venerada”,dice este hombre maduro, de mirada dura y desafiante que se acentúa más con la tenue luz de unos velones de cebo y que suele hacer alarde de conocimientos que se enmarcan en la tradición centenaria de sus antepasados curanderos.
“Sólo que la maledicencias de algunos intentan acotar la popularidad de la Santa Niña y le atribuyen ser la patrona de prostitutas, ladrones y contrabandistas”, explica.
Y agrega: “por eso aquí estamos sus centuriones, sus fieles escuderos para decirles que la Santa Muerte es cada vez más venerada por creyentes que tienen forma de vida honesta como lo demuestran las gentes que en esta noche asisten a sus rezos y fiesta”.
De ahí que para corroborar lo anterior, el hombre interroga a los presentes sobre sus actividades, sus negocios y sus relaciones familiares, sobre sus testimonios milagrosos y hace saber que es él, el de mayor jerarquía y peso moral, el “facultado” para dirigir el ritual y ofrendar la ceremonia al cielo.
Después de otras referencias a la adoración a la Santísima Muerte y enumerar las necesidades que se tienen para su promoción en los festejos del mes de noviembre, “El Chilango” pide “a sus hermanos” cerrar los ojos y levantar las manos para realizar una oración que en cuestión de minutos prende a los presentes.
“...Aquí estamos postrados Niña Blanca, en este lugar escogido en tu memoria, rindiendo culto, pidiendo misericordia e invocando tu ayuda, pues sólo tú sabes de las necesidades que todos tenemos...”
Al poco tiempo de empezar la oración, el hombre habla con voz resonante, grita, se agita, camina, desplaza su cuerpo de complexión robusta de un extremo a otro de la pequeña plataforma que rechina por el peso del orador. Se arrodilla en el centro extendiendo su túnica satinada y haciendo la señal de la cruz con los brazos extendidos, en su letanía demanda: “...fuera temor y frustración, fuera maldición y envidia, saca de nuestras vidas, Niña Blanca, a la enfermedad, la mala suerte y la tristeza; que salga también la desesperanza, que salgan las penas y salga el dolor...”
A la distancia, sus ojos se ven brillosos, su rostro moreno suda cuando fervoroso concluye el rito con la oración final: “...oh, Santísima Muerte, Niña Blanca adorada, imagen venerada, quita de nuestras almas los temores y rompe las cadenas de la maldición. ¡Alabada seas, Niña Alba, por nuestra madre tierra... recibe las flores matizadas y las hierbas lozanas y olorosas con las que sanaban nuestros antepasados!”.
Acto seguido todos se levantan y a paso lento se van colocando al centro del predio, donde una mujer de vestido satinado azul se aproxima a la Santa Muerte y la unge con el humo de copal, en un acto de purificación y como ofrendando la ceremonia al cielo.
Confieso que me fue muy difícil saber si fue el fervor que le puso el orador o la creencia, la fe en la Niña Blanca, pero los asistentes, después de guardar silencio, empezaron a gritar también. La señora de vestido satinado por momentos parece perder el equilibrio y es necesario que el “Chilango” la tome del brazo; con los ojos muy abiertos y con los brazos extendidos se veía como a la espera de un temblor, una ráfaga de aire o algo “parecido a una purificación”, según me confesó, la anciana, al final cuando me interrogó sobre mi procedencia e intenciones informativas.
Estaba acompañada de un hombre chaparro y moreno que traía una chamarra blanca, sin abrochar, dejando ver una enorme imagen de la Santísima Muerte de oro puro suspendida contra su pecho. “Es el que financía la ceremonia, el promovente, el hombre grande que ayudará a todos en su necesidad, y que hoy comienza con esta festividad, me dijo la mujer, mientras se inclina para murmurarme al oído su apelativo.
El hombre que había permanecido en silencio y observando por largo tiempo y desmedida devoción la figura de la muerte, de pronto extrajo unas latas de cerveza que traía debajo de la chamarra a medio cerrar y pidió a un trío de músicos de guitarra y acordeón que cantaran el corrido de La Santa Niña Blanca, cuyas notas empezaron a sonar en la diminuta cueva de María Graciana marcando el final del ritual para dar inicio a la fiesta entre abundantes sixs de cerveza y tequila fino acompañada de pollo con mole y cubetas de plástico con tortillas de colores.
DOS
Según datos recogidos por “El Chilango”, dice que en México existen al menos un millón de devotos de La Santa Muerte y cada vez es más frecuente que se le organicen misas, ritos y celebraciones.
Al darnos a conocer información sobre la estatua cadavérica a quien un ex convicto puso un templo en Querétaro hace siete años, explicó que desde tiempos ancestrales, previos a la Conquista, las comunidades indígenas ya hacían tributo e invocaban pidiéndole protección a la muerte.
Presentaban a las doncellas ante La Niña Blanca y las hacían acompañar de ancianos que representaban los elementos dadores de vida: tierra, viento, agua y fuego.
Hoy en día es una de las imágenes más controvertidas, pues en sus rituales, llenos de devoción y misterio, dada las circunstancias de sus creyentes para alejar el mal destino o incluso las vicisitudes políticas, hay que recorrer caminos de terracería y “ofrendar a la niña infusión de amole, con la cual, en la víspera del ritual se lavaron su negra cabellera las mujeres jóvenes para que les quedara sedosa y limpia”.
Lo anterior para ganar la estima y protección de la santísima dama, como dice “El Chilango”, cuando ya entrada la noche del sábado, se dispone a prestar atención a sus “hermanos creyentes”, que beben a grandes tragos sus latas de cerveza, y van por el segundo plato de mole.
miércoles, 13 de mayo de 2009
DOÑA TARCISIA
DOÑA TARCISIA Y EL LENGUAJE FLORAL
ANTONIO ESPINO MANDUJANO
Las manos de Silvana Capetillo son pequeñas, morenas y un poco regordetas. Si no fuera por el esmalte rojo de las uñas que le dan un toque femenino, pasarían sin problema alguno por las de un joven. Son manos fuertes, de dedos callosos y firmes debido a su oficio de “viverista”, productora de plantas ornamentales.
Con estas manos y su talento, cultiva una variante de rosas de corte llamada las “tres hermanas” que se caracteriza por sus colores agradables y que en San Miguel de Allende, la gente devota del Señor del Golpe, las acostumbra llevar en manojos para frotarlas en el vestido del nazareno, porque aseguran, “al tocar el manto milagroso, dejan de ser flores para ser remedio de todos los males”.
“Soy una persona creyente que hace lo que más le gusta en la vida: cultivar plantas ornamentales.
Porque sé que aparte de sus cualidades estéticas y el bienestar mental para quienes las posee, las personas no pueden vivir sin ellas”, pues el principal recurso que obtenemos de las plantas es el oxígeno que respiramos, expresó la especialista, mientras coloca bajo la sombra de un verde mezquite de brazos largos y abundantes, una docena de violetas africanas de tonos jaspeados.
Entrevistada en su vivero rústico de San Miguel de Allende, donde hay muchos troncos que sirven de sillas, esta mujer guanajuatense de tez morena y cuerpo voluminoso, afirma que su amor por la naturaleza obedece al gusto de su abuela por cultivar flores: “es una anciana que gozó a plenitud los años transcurridos y que todavía por su propia vitalidad canta, baila, se divierte, cuida a los nietos y planta flores y helechos”.
Como un ejemplo de gente creativa, explica que su abuela es una mujer de pueblo, de costumbres y tradiciones, “que todavía dice escuchar en la estufa el mismo lenguaje del fogón de la comunidad, cuando se pone a echar tortillas”.
Señala que su abuela Tarcisia Tierrablanca, de joven era una muchacha morena, discreta y silenciosa, de carácter apacible y de buen humor.
Se hizo novia de un güero dicharachero que le decían como apodo “el muchacho alegre” porque con humor expresaba a la menor provocación que “creer en la tristeza no sólo es ser triste, sino ser muy pendejo”.
Era estudiante de agronomía que sobrevivía de la venta de plantas para adornar interiores de las viviendas, y mi abuela se casó con él “pensando que la iba a mantener, pero no, ¡no salió bueno el hombre!”, y doña Tarcisia se vio en la necesidad de sembrar un pedazo de solar con plantar ornamentales.
Detalla que así fue como surgió su amor por las plantas y su creencia en el lenguaje floral. Añade que su abuela suele decir que “las flores son hermosas porque las personas que creen en el lenguaje de la naturaleza” tienen la capacidad para apreciar la emoción y la felicidad que brindan.
En cierta ocasión –dice Silvana- “me llamaron unas monjas para decirme que querían ver a mi abuela. Les pregunté cuál era el asunto y me dijeron, sabemos que habla con las flores y que ellas querían saber el significado de las rosas y sus combinaciones, antes de que se acabara el mundo.
-¡Ah, está bien, eso hace mi abuela- les respondí-; pero no se vayan a espantar porque es bastante atrevida en sus descripciones.
Y sí, añade la especialista, a mi abuela se le nota lo atrevida cuando habla del significado de las flores por su color y forma, por ejemplo del clavel rojo: dice que es la sangre de la amante virgen en el lecho nupcial; del botón de rosa amarillo: la espera del placer y el dolor; el crisantemo: “los últimos cartuchos” de la vejez; el clavel rosado: “estaré sobre tí”, cuando tu esposo no esté; el tulipán amarillo: “me defraudaste” después de anoche, y el narciso amarillo: la frialdad de tu corazón será doblegada en la cama.
Aunque sé que el lenguaje floral se creó en Oriente, no deja de sorprenderme la capacidad que tiene mi abuela “de agregar cosas coloridas” al significado de las flores porque como bien dice “las flores son y seguirán siendo muy hermosas y es condición del ser humano apreciar sus características físicas y su lenguaje para darle sabor y color a la vida”; las flores nos ayudan a expresar un sentimiento, que desgraciadamente se está perdiendo cada vez más en este mundo globalizado y materialista, añade Silvana Capetillo, mientras termina de colocar bajo la sombra de un verde mezquite de brazos largos y abundantes sus violetas africanas de tonos jaspeados, cuyos repentinos colores semejaban el sostén del paisaje en un domingo luminoso de cielo azul constante.
ANTONIO ESPINO MANDUJANO
Las manos de Silvana Capetillo son pequeñas, morenas y un poco regordetas. Si no fuera por el esmalte rojo de las uñas que le dan un toque femenino, pasarían sin problema alguno por las de un joven. Son manos fuertes, de dedos callosos y firmes debido a su oficio de “viverista”, productora de plantas ornamentales.
Con estas manos y su talento, cultiva una variante de rosas de corte llamada las “tres hermanas” que se caracteriza por sus colores agradables y que en San Miguel de Allende, la gente devota del Señor del Golpe, las acostumbra llevar en manojos para frotarlas en el vestido del nazareno, porque aseguran, “al tocar el manto milagroso, dejan de ser flores para ser remedio de todos los males”.
“Soy una persona creyente que hace lo que más le gusta en la vida: cultivar plantas ornamentales.
Porque sé que aparte de sus cualidades estéticas y el bienestar mental para quienes las posee, las personas no pueden vivir sin ellas”, pues el principal recurso que obtenemos de las plantas es el oxígeno que respiramos, expresó la especialista, mientras coloca bajo la sombra de un verde mezquite de brazos largos y abundantes, una docena de violetas africanas de tonos jaspeados.
Entrevistada en su vivero rústico de San Miguel de Allende, donde hay muchos troncos que sirven de sillas, esta mujer guanajuatense de tez morena y cuerpo voluminoso, afirma que su amor por la naturaleza obedece al gusto de su abuela por cultivar flores: “es una anciana que gozó a plenitud los años transcurridos y que todavía por su propia vitalidad canta, baila, se divierte, cuida a los nietos y planta flores y helechos”.
Como un ejemplo de gente creativa, explica que su abuela es una mujer de pueblo, de costumbres y tradiciones, “que todavía dice escuchar en la estufa el mismo lenguaje del fogón de la comunidad, cuando se pone a echar tortillas”.
Señala que su abuela Tarcisia Tierrablanca, de joven era una muchacha morena, discreta y silenciosa, de carácter apacible y de buen humor.
Se hizo novia de un güero dicharachero que le decían como apodo “el muchacho alegre” porque con humor expresaba a la menor provocación que “creer en la tristeza no sólo es ser triste, sino ser muy pendejo”.
Era estudiante de agronomía que sobrevivía de la venta de plantas para adornar interiores de las viviendas, y mi abuela se casó con él “pensando que la iba a mantener, pero no, ¡no salió bueno el hombre!”, y doña Tarcisia se vio en la necesidad de sembrar un pedazo de solar con plantar ornamentales.
Detalla que así fue como surgió su amor por las plantas y su creencia en el lenguaje floral. Añade que su abuela suele decir que “las flores son hermosas porque las personas que creen en el lenguaje de la naturaleza” tienen la capacidad para apreciar la emoción y la felicidad que brindan.
En cierta ocasión –dice Silvana- “me llamaron unas monjas para decirme que querían ver a mi abuela. Les pregunté cuál era el asunto y me dijeron, sabemos que habla con las flores y que ellas querían saber el significado de las rosas y sus combinaciones, antes de que se acabara el mundo.
-¡Ah, está bien, eso hace mi abuela- les respondí-; pero no se vayan a espantar porque es bastante atrevida en sus descripciones.
Y sí, añade la especialista, a mi abuela se le nota lo atrevida cuando habla del significado de las flores por su color y forma, por ejemplo del clavel rojo: dice que es la sangre de la amante virgen en el lecho nupcial; del botón de rosa amarillo: la espera del placer y el dolor; el crisantemo: “los últimos cartuchos” de la vejez; el clavel rosado: “estaré sobre tí”, cuando tu esposo no esté; el tulipán amarillo: “me defraudaste” después de anoche, y el narciso amarillo: la frialdad de tu corazón será doblegada en la cama.
Aunque sé que el lenguaje floral se creó en Oriente, no deja de sorprenderme la capacidad que tiene mi abuela “de agregar cosas coloridas” al significado de las flores porque como bien dice “las flores son y seguirán siendo muy hermosas y es condición del ser humano apreciar sus características físicas y su lenguaje para darle sabor y color a la vida”; las flores nos ayudan a expresar un sentimiento, que desgraciadamente se está perdiendo cada vez más en este mundo globalizado y materialista, añade Silvana Capetillo, mientras termina de colocar bajo la sombra de un verde mezquite de brazos largos y abundantes sus violetas africanas de tonos jaspeados, cuyos repentinos colores semejaban el sostén del paisaje en un domingo luminoso de cielo azul constante.
LOS OLORES DE LA POBREZA
LOS OLORES DE LA POBREZA
Antonio Espino Mandujano
Colgada en una ladera del Cerro Pelón, al sur del municipio de Ácambaro, Gto. se encuentra la casa de la familia García Silva, que sobrevive “gracias a que Dios es muy grande”. Más arriba, por un camino sinuoso, está la comunidad El Rodeo y más abajo el caserío de la Presa de Santa Inés.
Por estos rumbos se perdió el arraigo por la tierra y no va ni viene nadie. Hace veinte años que los primeros hombres, mujeres y niños empezaron a irse y apenas quedaron aquí los cascarones de casas de adobe como la de don José García que es un anciano que anda como alma en pena contándole a los pocos “que se aparecen” por estos caminos, que estas tierras estuvieron alguna vez “tupidas de gente”, pero que hoy sólo quedaba “el olor de la pobreza”.
Aferrados a este pedazo de cerro, la familia García Silva vive “a como Dios les dio a entender”. Las chivas y las gallinas les ayudan a sobrevivir, aunque no todos los días, sus cuatro integrantes, tienen para comer.
Según las más recientes estadísticas “en el campo vive 78 por ciento de los 45 millones de personas en situación de extrema pobreza, y la mitad del territorio nacional es árido o semiárido; sólo 21 millones de hectáreas son cultivables, y 80 por ciento de éstas son de temporal”. Además desde que entró en vigor el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), en 1994, la producción agrícola ha perdido competitividad.
Tal vez por eso “para sobrevivir, las familias campesinas como la de don José García dependen de los dólares que llegan de Estados Unidos” o bien del poco ingreso de la venta de queso y leche de sus chivas y del poco maíz que produce el pedazo de tierra que les dio “la Divina Providencia”.
EL ABANDONO Y LA MIGRACION
“Esta es una comunidad de calles sin nombre. Pos` pa` mi, no hace falta que lo tengan. Yo no sé leer ni escribir”, dice don Timio, mientras el trueno de un cohete indicaba el inicio de la ceremonia en honor al cardenal Posadas Ocampo y en el patio de la ex hacienda, las mujeres cantaban; “que viva mi Cristo, que viva mi rey, que impere doquiera, triunfante su ley: ¡viva Cristo Rey!.
Don Eutimio Canchola, un anciano de cabello blanco, de rostro moreno y ceño fruncido que deja traslucir una vida difícil, comenta que la Bóveda -la comunidad más pobre del municipio de Tarimoro- está habitada por los recuerdos y las familias separadas por la migración. Es la viva imagen de la pobreza y el abandono, “que nos ha condenado a una vejez más pobre y más desesperanzada”, señala.
Aquí, en este caserío “de un poco más de 400 habitantes”, la mirada de los visitantes sólo se detiene en las ruinas de la antigua hacienda que fue propiedad del abuelo del cardenal Juan Jesús Posadas Ocampo; el resto no tiene comienzo ni fin. Calles polvorientas y llenas de piedras, terrenos yermos, estériles y baldíos con unos escuálidos mezquites, una escuela primaria y un campo de futbol que hacen las veces de parque, un tendajón que vende cerveza -cuando hay visitantes- y un tanque de agua empotrado sobre la ladera del cerro que es punto de referencia de la localidad.
Hay una creciente migración. La necesidad y las ganas de vivir mejor -dice don Eutimio- alienta a muchos a irse “al otro lado”. Los hombres jóvenes se empezaron a ir de uno en uno a Estados Unidos y hoy sólo se ven por los empinados callejones, a mujeres, niños y ancianos. “Aquí, la sensación de soledad y la pesadumbre cotidiana de seguir siendo pobres, nos va a enterrar a muchos, sentencia.
En las comunidades rurales de esta región, muchos hombres han huido. Bandadas de jóvenes deciden -desde hace décadas- aventurarse a cruzar la frontera norte para intentar trabajar y ganar mejores salarios, aunque muchos mueran en el intento.
Los lugareños más viejos -como don Eutimio- dicen que su gente levanta el vuelo con el deseo de superación frente a las miserables condiciones del campo y a los bajos salarios de la región, pero otros, como el Presidente Felipe Calderón, a quien los campesinos ahora le dicen”Lipe”, porque ya le perdieron la Fe, creen que el fenómeno tiene raíces históricas y culturales, la realidad es que el gobierno nos volvió a fallar, se perdió el arraigo por la tierra “y aquí nos van a enterrar, entre el olor de la pobreza”, sentencia el viejo campesino, mientras clava su mirada en la estructura urbana que se tiende a lo lejos en el valle de Tarimoro, un viejo pueblo del sureste del estado de Guanajuato.
PIE DE FOTOS
-Por una puerta de madera vieja con rendijas grandes entra el frío de la noche en la casa de don José García.
-La siembra de este año no fue buena, y el poco maíz que tienen les alcanzará para un par de meses.
-Estas tierras estuvieron alguna vez “tupidas de gente”, pero hoy sólo “queda el olor de la pobreza”, dice don José García.
Antonio Espino Mandujano
Colgada en una ladera del Cerro Pelón, al sur del municipio de Ácambaro, Gto. se encuentra la casa de la familia García Silva, que sobrevive “gracias a que Dios es muy grande”. Más arriba, por un camino sinuoso, está la comunidad El Rodeo y más abajo el caserío de la Presa de Santa Inés.
Por estos rumbos se perdió el arraigo por la tierra y no va ni viene nadie. Hace veinte años que los primeros hombres, mujeres y niños empezaron a irse y apenas quedaron aquí los cascarones de casas de adobe como la de don José García que es un anciano que anda como alma en pena contándole a los pocos “que se aparecen” por estos caminos, que estas tierras estuvieron alguna vez “tupidas de gente”, pero que hoy sólo quedaba “el olor de la pobreza”.
Aferrados a este pedazo de cerro, la familia García Silva vive “a como Dios les dio a entender”. Las chivas y las gallinas les ayudan a sobrevivir, aunque no todos los días, sus cuatro integrantes, tienen para comer.
Según las más recientes estadísticas “en el campo vive 78 por ciento de los 45 millones de personas en situación de extrema pobreza, y la mitad del territorio nacional es árido o semiárido; sólo 21 millones de hectáreas son cultivables, y 80 por ciento de éstas son de temporal”. Además desde que entró en vigor el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), en 1994, la producción agrícola ha perdido competitividad.
Tal vez por eso “para sobrevivir, las familias campesinas como la de don José García dependen de los dólares que llegan de Estados Unidos” o bien del poco ingreso de la venta de queso y leche de sus chivas y del poco maíz que produce el pedazo de tierra que les dio “la Divina Providencia”.
EL ABANDONO Y LA MIGRACION
“Esta es una comunidad de calles sin nombre. Pos` pa` mi, no hace falta que lo tengan. Yo no sé leer ni escribir”, dice don Timio, mientras el trueno de un cohete indicaba el inicio de la ceremonia en honor al cardenal Posadas Ocampo y en el patio de la ex hacienda, las mujeres cantaban; “que viva mi Cristo, que viva mi rey, que impere doquiera, triunfante su ley: ¡viva Cristo Rey!.
Don Eutimio Canchola, un anciano de cabello blanco, de rostro moreno y ceño fruncido que deja traslucir una vida difícil, comenta que la Bóveda -la comunidad más pobre del municipio de Tarimoro- está habitada por los recuerdos y las familias separadas por la migración. Es la viva imagen de la pobreza y el abandono, “que nos ha condenado a una vejez más pobre y más desesperanzada”, señala.
Aquí, en este caserío “de un poco más de 400 habitantes”, la mirada de los visitantes sólo se detiene en las ruinas de la antigua hacienda que fue propiedad del abuelo del cardenal Juan Jesús Posadas Ocampo; el resto no tiene comienzo ni fin. Calles polvorientas y llenas de piedras, terrenos yermos, estériles y baldíos con unos escuálidos mezquites, una escuela primaria y un campo de futbol que hacen las veces de parque, un tendajón que vende cerveza -cuando hay visitantes- y un tanque de agua empotrado sobre la ladera del cerro que es punto de referencia de la localidad.
Hay una creciente migración. La necesidad y las ganas de vivir mejor -dice don Eutimio- alienta a muchos a irse “al otro lado”. Los hombres jóvenes se empezaron a ir de uno en uno a Estados Unidos y hoy sólo se ven por los empinados callejones, a mujeres, niños y ancianos. “Aquí, la sensación de soledad y la pesadumbre cotidiana de seguir siendo pobres, nos va a enterrar a muchos, sentencia.
En las comunidades rurales de esta región, muchos hombres han huido. Bandadas de jóvenes deciden -desde hace décadas- aventurarse a cruzar la frontera norte para intentar trabajar y ganar mejores salarios, aunque muchos mueran en el intento.
Los lugareños más viejos -como don Eutimio- dicen que su gente levanta el vuelo con el deseo de superación frente a las miserables condiciones del campo y a los bajos salarios de la región, pero otros, como el Presidente Felipe Calderón, a quien los campesinos ahora le dicen”Lipe”, porque ya le perdieron la Fe, creen que el fenómeno tiene raíces históricas y culturales, la realidad es que el gobierno nos volvió a fallar, se perdió el arraigo por la tierra “y aquí nos van a enterrar, entre el olor de la pobreza”, sentencia el viejo campesino, mientras clava su mirada en la estructura urbana que se tiende a lo lejos en el valle de Tarimoro, un viejo pueblo del sureste del estado de Guanajuato.
PIE DE FOTOS
-Por una puerta de madera vieja con rendijas grandes entra el frío de la noche en la casa de don José García.
-La siembra de este año no fue buena, y el poco maíz que tienen les alcanzará para un par de meses.
-Estas tierras estuvieron alguna vez “tupidas de gente”, pero hoy sólo “queda el olor de la pobreza”, dice don José García.
MI COMPADRE
MI COMPADRE “TROTAGUSTOS”
( A Don Arturo Aguayo, porque es un excelente chofer que recorre en
su nave los frigueys de Los Ángeles todos los días, y por su raigambre
mexicana de apetito amplio que le ha enseñado, que aún en el otro lado,
uno no puede olvidar la buena mesa, el taco exquisito, el sabroso guiso
que alegra tripas y corazón )
Compadre Arturo:
Nuestros taqueros celayenses (Dios los tendrá en su santa gloria ) son artistas, magos o maestros danzantes: aquel que en las esquinas del Portal Chaparro reparte los tibios tacos
de la canasta como un raro tesoro, o bien ése que en la parrilla pica, corta, combina y ensambla sus muchas creaciones, por no hablar del Houdini que hace que llueva el cilantro y se suspenda por un instante mágico el trocito de piña sobre el taco al pastor.
Son verdaderos artistas del arte culinario, por eso qué dicha abandonar la estufa y el mandil, las caras acostumbradas a los mismos gestos y las mismas ensaladas de Chilita, para comer fuera y encontrarse desde el puesto más humilde de garnachas hasta el restaurante más elegante, pasando por fondas y taquerías en un jolgorio de platos y de olores que a continuación te voy a describir: Aquí en la ciudad, sale uno a comer en cualquier día, y la calle se enfiesta, la gente forma multitudes pequeñas, a la vez compactas y respetuosas, alrededor de las mesas. Por ejemplo en el Barrio de Tierras Negras, se ofrecen por la noche diversos antojitos. Es en el atrio de la iglesia del mismo nombre donde se ponen los puestos como a las siete de la noche. Podemos encontrar esquites y elotes, junto con una especialidad que son los cacahuates cocidos con todo y cáscara, bañados con jugo de limón; se les puede añadir chile.
LAS GORDAS de masa de maíz rellenas son otro antojito que comparten muchas familias . En este barrio, las gordas más demandadas son las de migas (chicharrón), también hay de queso y las de tripas y las compuestas de queso y chicharrón. Cada comensal puede servirse a su gusto la sabrosa salsa molcajeteada de jitomate y chiles serranos azados previamente en el comal.
EN OTROS PUESTOS hay tamales de chile verde, rojos y de dulce. También “guajolotes”, que son pambazos mojados en una salsa de chile guajillo y pasados luego sobre el comal; se rellenan con carne de puerco deshebrada, papas, lechuga, salsa, frijoles refritos y, si apetece al cliente, se les añade crema.
EN CANASTAS BIEN presentadas puede adquirirse pan hecho a la manera tradicional: chorreadas, limas, conchas, gusanos y elotes de canela, panqués, cuernos de sal, alambres y hojaldras. Son famosas desde hace muchos años las gelatinas de colores, las jericallas, el flan napolitano y el arroz con leche que se ofrece en vasitos para llevar. Los buñuelos doraditos se introducen en miel tibia hecha con piloncillo y perfumada con canela y guayabas, que le dan un sabor especial. Lo dulce se equilibra con el atole blanco que sirve de acompañamiento.
UN LUGAR que también es frecuentado por los celayenses es la cenaduría Las Cazuelas, que tiene más de 60 años de ofrecer sabroso pozole, manitas de puerco, gorditas, enchiladas, tacos y los ya mencionados guajolotes. Los portales, a decir de quienes han hecho la crónica de la ciudad, han sido también lugares de encuentro. El que está en el lado oriente del actual Jardín, se conoció como Portal de las Atoleras, y el de Allende tuvo como nombre Portal de los Panaderos.
FUE FAMOSA por tortas de pollo y guajolote, la tortería Las Tortugas, del Portal Bueno. La nevería y dulcería El Ave del Paraíso estuvo por años en el Portal del Cerrojo. Desde 1970 es reconocida La Mariposa, por sus nieves y dulces tradicionales. En torno a estos antojitos se han reunido la familia y los amigos, dándose un espacio para el placer de la conversación y el buen comer.
Compadre, aquí te espero, para compartir contigo y con Margarita estos antojitos que tanta fama le han dado a estas tierras del Bajío.
Antonio Espino Mandujano
( A Don Arturo Aguayo, porque es un excelente chofer que recorre en
su nave los frigueys de Los Ángeles todos los días, y por su raigambre
mexicana de apetito amplio que le ha enseñado, que aún en el otro lado,
uno no puede olvidar la buena mesa, el taco exquisito, el sabroso guiso
que alegra tripas y corazón )
Compadre Arturo:
Nuestros taqueros celayenses (Dios los tendrá en su santa gloria ) son artistas, magos o maestros danzantes: aquel que en las esquinas del Portal Chaparro reparte los tibios tacos
de la canasta como un raro tesoro, o bien ése que en la parrilla pica, corta, combina y ensambla sus muchas creaciones, por no hablar del Houdini que hace que llueva el cilantro y se suspenda por un instante mágico el trocito de piña sobre el taco al pastor.
Son verdaderos artistas del arte culinario, por eso qué dicha abandonar la estufa y el mandil, las caras acostumbradas a los mismos gestos y las mismas ensaladas de Chilita, para comer fuera y encontrarse desde el puesto más humilde de garnachas hasta el restaurante más elegante, pasando por fondas y taquerías en un jolgorio de platos y de olores que a continuación te voy a describir: Aquí en la ciudad, sale uno a comer en cualquier día, y la calle se enfiesta, la gente forma multitudes pequeñas, a la vez compactas y respetuosas, alrededor de las mesas. Por ejemplo en el Barrio de Tierras Negras, se ofrecen por la noche diversos antojitos. Es en el atrio de la iglesia del mismo nombre donde se ponen los puestos como a las siete de la noche. Podemos encontrar esquites y elotes, junto con una especialidad que son los cacahuates cocidos con todo y cáscara, bañados con jugo de limón; se les puede añadir chile.
LAS GORDAS de masa de maíz rellenas son otro antojito que comparten muchas familias . En este barrio, las gordas más demandadas son las de migas (chicharrón), también hay de queso y las de tripas y las compuestas de queso y chicharrón. Cada comensal puede servirse a su gusto la sabrosa salsa molcajeteada de jitomate y chiles serranos azados previamente en el comal.
EN OTROS PUESTOS hay tamales de chile verde, rojos y de dulce. También “guajolotes”, que son pambazos mojados en una salsa de chile guajillo y pasados luego sobre el comal; se rellenan con carne de puerco deshebrada, papas, lechuga, salsa, frijoles refritos y, si apetece al cliente, se les añade crema.
EN CANASTAS BIEN presentadas puede adquirirse pan hecho a la manera tradicional: chorreadas, limas, conchas, gusanos y elotes de canela, panqués, cuernos de sal, alambres y hojaldras. Son famosas desde hace muchos años las gelatinas de colores, las jericallas, el flan napolitano y el arroz con leche que se ofrece en vasitos para llevar. Los buñuelos doraditos se introducen en miel tibia hecha con piloncillo y perfumada con canela y guayabas, que le dan un sabor especial. Lo dulce se equilibra con el atole blanco que sirve de acompañamiento.
UN LUGAR que también es frecuentado por los celayenses es la cenaduría Las Cazuelas, que tiene más de 60 años de ofrecer sabroso pozole, manitas de puerco, gorditas, enchiladas, tacos y los ya mencionados guajolotes. Los portales, a decir de quienes han hecho la crónica de la ciudad, han sido también lugares de encuentro. El que está en el lado oriente del actual Jardín, se conoció como Portal de las Atoleras, y el de Allende tuvo como nombre Portal de los Panaderos.
FUE FAMOSA por tortas de pollo y guajolote, la tortería Las Tortugas, del Portal Bueno. La nevería y dulcería El Ave del Paraíso estuvo por años en el Portal del Cerrojo. Desde 1970 es reconocida La Mariposa, por sus nieves y dulces tradicionales. En torno a estos antojitos se han reunido la familia y los amigos, dándose un espacio para el placer de la conversación y el buen comer.
Compadre, aquí te espero, para compartir contigo y con Margarita estos antojitos que tanta fama le han dado a estas tierras del Bajío.
Antonio Espino Mandujano
martes, 12 de mayo de 2009
EL PAISANO DE LA
CAMPANA RODANTE
Antonio Espino Mandujano
EN MEMORIA DEL PROFE APULEYO MENDIETA
En el terreno desbrozado se enciende la fogata. Don Lupe, el dirigente de los jubilados, recorre cabizbajo el baldío buscando troncones y leños para avivar el fuego. Sus compañeros lo miran condescendientes desde el zaguán añadido a la casa inconclusa del viejo líder. Lo observan con ojos fijos y vidriosos por el tequila. Algunos se hacen señas y colocan ladrillos grises para que se sienten los invitados. Otros se arrellanan en los asientos de un vocho destartalado del año del caldo. Su gesto es adusto y no sonríen.
Cuando la fogata ilumina arriba de la pared y las llamas juguetean rojas, a los pies de los invitados, don Lupe me dice que la reunión es para recordar al profe Apuleyo Mendieta que solía decir que cuando “alguien muere no se va, sólo sale a dar la vuelta”. Y el viejo maestro jubilado que gozaba de estos convivios, salió a dar la vuelta a Estados Unidos y ya no regresó.
Ahora hay quienes aseguran que murió con el overol puesto, como ayudante de unos de sus hijos que trabaja en el departamento de limpia en el sur de California, confiesa don Lupe, y añade: “un sobrino me explicó que todos los días se le veía encaramado en el andamio de un pesado camión recolector de suciedad, parlando su retahíla de voces en inglés y español, y haciendo sonar una especie de campana de barrendero en los patios de fábricas, chimeneas y refinerías”.
También comentan que murió por el virus de la influenza, después de seis meses de trabajar en condiciones de riesgo. Tan así que uno no se explica cómo en un país supuestamente civilizado los ancianos no reciben un trato preferencial.
Y aunque murió sin las atenciones debidas, dicen que “el paisano de la campana rodante”, como era conocido por allá, partió sin rencores de este mundo, recordando los campos abundantes de su Apaseo, los más verdes de la provincia del sur, como solía decir.
Por eso, hoy nos reunimos para recordarlo, para hablar del amigo Apuleyo, y que la pena se torne sosegada ante la remembranza de su música de acordeón y su pasión por el baile, reflejo de esa labor suya del amor que siempre le tuvo a la vida, sostiene don Lupe.
“EL RELÁMPAGO DEL PUEBLO DE IXTLA”
Cuando a principios de abril, entrevisté al profesor Apuleyo Mendieta, vivía en una finca a las afueras de Caleras de Ameche. Me llamó la atención porque me dijeron “que hacía llorar el acordeón al estilo de Ramón Ayala”, de ahí que le bautizaron con ánimo coloquial como “el relámpago del pueblo de Ixtla”.
No se equivocaron, pues además de maestro de escuela rural, siempre fue un extraordinario músico, un estudiosos del corrido y un excelente bailador que sabía de alegrías y obsesiones.
Y aunque hacia diez años que se había jubilado seguía conservando ese zapateado firme y vigoroso cuando bailaba los sones regionales como en aquellos tiempos en que andaba sobrado de apetitos carnales y apretaba de la cintura a su pareja y rehileteaba el sombrero, lo lanzaba al aire para que éste cayera en la cabeza de la mujer, mientras avanzaba de izquierda a derecha dando varias vueltas a la pista taloneando duro y alzando el tacón, para verse bien pantera.
En ese entonces me comentó que su profesión de maestro la había ejercido en comunidades rurales alejadas, en salones con techo de ramas y con alumnos desnutridos y sin desayunar, sentados en pupitres desvencijados, y donde los campesinos todavía utilizaban la yunta de bueyes para sembrar y el maíz se medía en pequeñas cajas de madera coloniales que se llaman cuarterones.
Me confesó que les había enseñado las primeras letras, así como a bailar sones regionales y a cambio sus alumnos y la gente le dieron una lección de organización comunitaria con sus rituales de las mayordomías para celebrar sus fiestas patronales y la comprensible determinación de creer en sus santos y figuras religiosas. Afirmaba que eso era importante sobre todo en esta región donde los beneficios oficiales llegan tarde y a cuentagotas.
Don Apuleyo también sabía de pasos, evoluciones y escenografías del baile regional. En tertulias, fiestas patronales y cívicas bailaba lo que ponían: desde el jarabe largo ranchero, mixteco, polcas norteñas, sones veracruzanos y hasta norteños, con aire de suficiencia.
De la música solía decir “que abre los oídos del alma y el baile la alegra”; nos confesaba, este profesor jubilado, que aún conservaba muchas inquietudes de juventud y que con su acordeón interpretaba los corridos que, según decía, “son poemas narrativos acompañados de música que describen sucesos y personajes”, los cuales representan las raíces profundas del sentimiento mexicano.
Por otro lado, en esa ocasión, el profe Apuleyo habló también de su tronco familiar y se dijo ser un mezquite de amplia fronda, que gozaba a plenitud los años transcurridos y que todavía por su propia vitalidad: cantaba, bailaba, se divertía, cuidaba a los nietos y plantaba árboles frutales.
“La gente me tiene mucho respeto. También los políticos de esta región me tienen un reconocimiento muy especial por mi labor docente y porque dicen que hago llorar el acordeón que es un instrumento de pueblo y de hambre. En las fiestas del lugar se me acercan y me preguntan: ¿es usted el profe Apuleyo?. Felicidades, he oído de sus historias y corridos. Por eso en las historias que narro, musicalmente rescato lo que son las comunidades, la vida rural, su gente y su forma de hablar y de ser”, explicaba muy ufano.
No sin humor, el anciano admitía “que se podrá decir de mi que soy un viejo útil, que goza de cabal salud y vive en santa paz con el mundo, y hasta dirán que soy un chingón que algún día puedo llegar a presidente municipal”.
Y bueno. Parece que no fue así, porque ya no regresó del vecino país del norte, este viejo profesor que gozó de las bondades de la vida, y hoy lo recuerdan con mucho cariño sus amigos de la asociación de jubilados.
CAMPANA RODANTE
Antonio Espino Mandujano
EN MEMORIA DEL PROFE APULEYO MENDIETA
En el terreno desbrozado se enciende la fogata. Don Lupe, el dirigente de los jubilados, recorre cabizbajo el baldío buscando troncones y leños para avivar el fuego. Sus compañeros lo miran condescendientes desde el zaguán añadido a la casa inconclusa del viejo líder. Lo observan con ojos fijos y vidriosos por el tequila. Algunos se hacen señas y colocan ladrillos grises para que se sienten los invitados. Otros se arrellanan en los asientos de un vocho destartalado del año del caldo. Su gesto es adusto y no sonríen.
Cuando la fogata ilumina arriba de la pared y las llamas juguetean rojas, a los pies de los invitados, don Lupe me dice que la reunión es para recordar al profe Apuleyo Mendieta que solía decir que cuando “alguien muere no se va, sólo sale a dar la vuelta”. Y el viejo maestro jubilado que gozaba de estos convivios, salió a dar la vuelta a Estados Unidos y ya no regresó.
Ahora hay quienes aseguran que murió con el overol puesto, como ayudante de unos de sus hijos que trabaja en el departamento de limpia en el sur de California, confiesa don Lupe, y añade: “un sobrino me explicó que todos los días se le veía encaramado en el andamio de un pesado camión recolector de suciedad, parlando su retahíla de voces en inglés y español, y haciendo sonar una especie de campana de barrendero en los patios de fábricas, chimeneas y refinerías”.
También comentan que murió por el virus de la influenza, después de seis meses de trabajar en condiciones de riesgo. Tan así que uno no se explica cómo en un país supuestamente civilizado los ancianos no reciben un trato preferencial.
Y aunque murió sin las atenciones debidas, dicen que “el paisano de la campana rodante”, como era conocido por allá, partió sin rencores de este mundo, recordando los campos abundantes de su Apaseo, los más verdes de la provincia del sur, como solía decir.
Por eso, hoy nos reunimos para recordarlo, para hablar del amigo Apuleyo, y que la pena se torne sosegada ante la remembranza de su música de acordeón y su pasión por el baile, reflejo de esa labor suya del amor que siempre le tuvo a la vida, sostiene don Lupe.
“EL RELÁMPAGO DEL PUEBLO DE IXTLA”
Cuando a principios de abril, entrevisté al profesor Apuleyo Mendieta, vivía en una finca a las afueras de Caleras de Ameche. Me llamó la atención porque me dijeron “que hacía llorar el acordeón al estilo de Ramón Ayala”, de ahí que le bautizaron con ánimo coloquial como “el relámpago del pueblo de Ixtla”.
No se equivocaron, pues además de maestro de escuela rural, siempre fue un extraordinario músico, un estudiosos del corrido y un excelente bailador que sabía de alegrías y obsesiones.
Y aunque hacia diez años que se había jubilado seguía conservando ese zapateado firme y vigoroso cuando bailaba los sones regionales como en aquellos tiempos en que andaba sobrado de apetitos carnales y apretaba de la cintura a su pareja y rehileteaba el sombrero, lo lanzaba al aire para que éste cayera en la cabeza de la mujer, mientras avanzaba de izquierda a derecha dando varias vueltas a la pista taloneando duro y alzando el tacón, para verse bien pantera.
En ese entonces me comentó que su profesión de maestro la había ejercido en comunidades rurales alejadas, en salones con techo de ramas y con alumnos desnutridos y sin desayunar, sentados en pupitres desvencijados, y donde los campesinos todavía utilizaban la yunta de bueyes para sembrar y el maíz se medía en pequeñas cajas de madera coloniales que se llaman cuarterones.
Me confesó que les había enseñado las primeras letras, así como a bailar sones regionales y a cambio sus alumnos y la gente le dieron una lección de organización comunitaria con sus rituales de las mayordomías para celebrar sus fiestas patronales y la comprensible determinación de creer en sus santos y figuras religiosas. Afirmaba que eso era importante sobre todo en esta región donde los beneficios oficiales llegan tarde y a cuentagotas.
Don Apuleyo también sabía de pasos, evoluciones y escenografías del baile regional. En tertulias, fiestas patronales y cívicas bailaba lo que ponían: desde el jarabe largo ranchero, mixteco, polcas norteñas, sones veracruzanos y hasta norteños, con aire de suficiencia.
De la música solía decir “que abre los oídos del alma y el baile la alegra”; nos confesaba, este profesor jubilado, que aún conservaba muchas inquietudes de juventud y que con su acordeón interpretaba los corridos que, según decía, “son poemas narrativos acompañados de música que describen sucesos y personajes”, los cuales representan las raíces profundas del sentimiento mexicano.
Por otro lado, en esa ocasión, el profe Apuleyo habló también de su tronco familiar y se dijo ser un mezquite de amplia fronda, que gozaba a plenitud los años transcurridos y que todavía por su propia vitalidad: cantaba, bailaba, se divertía, cuidaba a los nietos y plantaba árboles frutales.
“La gente me tiene mucho respeto. También los políticos de esta región me tienen un reconocimiento muy especial por mi labor docente y porque dicen que hago llorar el acordeón que es un instrumento de pueblo y de hambre. En las fiestas del lugar se me acercan y me preguntan: ¿es usted el profe Apuleyo?. Felicidades, he oído de sus historias y corridos. Por eso en las historias que narro, musicalmente rescato lo que son las comunidades, la vida rural, su gente y su forma de hablar y de ser”, explicaba muy ufano.
No sin humor, el anciano admitía “que se podrá decir de mi que soy un viejo útil, que goza de cabal salud y vive en santa paz con el mundo, y hasta dirán que soy un chingón que algún día puedo llegar a presidente municipal”.
Y bueno. Parece que no fue así, porque ya no regresó del vecino país del norte, este viejo profesor que gozó de las bondades de la vida, y hoy lo recuerdan con mucho cariño sus amigos de la asociación de jubilados.
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