miércoles, 13 de mayo de 2009

MI COMPADRE

MI COMPADRE “TROTAGUSTOS”

( A Don Arturo Aguayo, porque es un excelente chofer que recorre en
su nave los frigueys de Los Ángeles todos los días, y por su raigambre
mexicana de apetito amplio que le ha enseñado, que aún en el otro lado,
uno no puede olvidar la buena mesa, el taco exquisito, el sabroso guiso
que alegra tripas y corazón )

Compadre Arturo:
Nuestros taqueros celayenses (Dios los tendrá en su santa gloria ) son artistas, magos o maestros danzantes: aquel que en las esquinas del Portal Chaparro reparte los tibios tacos
de la canasta como un raro tesoro, o bien ése que en la parrilla pica, corta, combina y ensambla sus muchas creaciones, por no hablar del Houdini que hace que llueva el cilantro y se suspenda por un instante mágico el trocito de piña sobre el taco al pastor.
Son verdaderos artistas del arte culinario, por eso qué dicha abandonar la estufa y el mandil, las caras acostumbradas a los mismos gestos y las mismas ensaladas de Chilita, para comer fuera y encontrarse desde el puesto más humilde de garnachas hasta el restaurante más elegante, pasando por fondas y taquerías en un jolgorio de platos y de olores que a continuación te voy a describir: Aquí en la ciudad, sale uno a comer en cualquier día, y la calle se enfiesta, la gente forma multitudes pequeñas, a la vez compactas y respetuosas, alrededor de las mesas. Por ejemplo en el Barrio de Tierras Negras, se ofrecen por la noche diversos antojitos. Es en el atrio de la iglesia del mismo nombre donde se ponen los puestos como a las siete de la noche. Podemos encontrar esquites y elotes, junto con una especialidad que son los cacahuates cocidos con todo y cáscara, bañados con jugo de limón; se les puede añadir chile.
LAS GORDAS de masa de maíz rellenas son otro antojito que comparten muchas familias . En este barrio, las gordas más demandadas son las de migas (chicharrón), también hay de queso y las de tripas y las compuestas de queso y chicharrón. Cada comensal puede servirse a su gusto la sabrosa salsa molcajeteada de jitomate y chiles serranos azados previamente en el comal.
EN OTROS PUESTOS hay tamales de chile verde, rojos y de dulce. También “guajolotes”, que son pambazos mojados en una salsa de chile guajillo y pasados luego sobre el comal; se rellenan con carne de puerco deshebrada, papas, lechuga, salsa, frijoles refritos y, si apetece al cliente, se les añade crema.
EN CANASTAS BIEN presentadas puede adquirirse pan hecho a la manera tradicional: chorreadas, limas, conchas, gusanos y elotes de canela, panqués, cuernos de sal, alambres y hojaldras. Son famosas desde hace muchos años las gelatinas de colores, las jericallas, el flan napolitano y el arroz con leche que se ofrece en vasitos para llevar. Los buñuelos doraditos se introducen en miel tibia hecha con piloncillo y perfumada con canela y guayabas, que le dan un sabor especial. Lo dulce se equilibra con el atole blanco que sirve de acompañamiento.
UN LUGAR que también es frecuentado por los celayenses es la cenaduría Las Cazuelas, que tiene más de 60 años de ofrecer sabroso pozole, manitas de puerco, gorditas, enchiladas, tacos y los ya mencionados guajolotes. Los portales, a decir de quienes han hecho la crónica de la ciudad, han sido también lugares de encuentro. El que está en el lado oriente del actual Jardín, se conoció como Portal de las Atoleras, y el de Allende tuvo como nombre Portal de los Panaderos.
FUE FAMOSA por tortas de pollo y guajolote, la tortería Las Tortugas, del Portal Bueno. La nevería y dulcería El Ave del Paraíso estuvo por años en el Portal del Cerrojo. Desde 1970 es reconocida La Mariposa, por sus nieves y dulces tradicionales. En torno a estos antojitos se han reunido la familia y los amigos, dándose un espacio para el placer de la conversación y el buen comer.
Compadre, aquí te espero, para compartir contigo y con Margarita estos antojitos que tanta fama le han dado a estas tierras del Bajío.

Antonio Espino Mandujano

martes, 12 de mayo de 2009

EL PAISANO DE LA
CAMPANA RODANTE

Antonio Espino Mandujano



EN MEMORIA DEL PROFE APULEYO MENDIETA

En el terreno desbrozado se enciende la fogata. Don Lupe, el dirigente de los jubilados, recorre cabizbajo el baldío buscando troncones y leños para avivar el fuego. Sus compañeros lo miran condescendientes desde el zaguán añadido a la casa inconclusa del viejo líder. Lo observan con ojos fijos y vidriosos por el tequila. Algunos se hacen señas y colocan ladrillos grises para que se sienten los invitados. Otros se arrellanan en los asientos de un vocho destartalado del año del caldo. Su gesto es adusto y no sonríen.

Cuando la fogata ilumina arriba de la pared y las llamas juguetean rojas, a los pies de los invitados, don Lupe me dice que la reunión es para recordar al profe Apuleyo Mendieta que solía decir que cuando “alguien muere no se va, sólo sale a dar la vuelta”. Y el viejo maestro jubilado que gozaba de estos convivios, salió a dar la vuelta a Estados Unidos y ya no regresó.

Ahora hay quienes aseguran que murió con el overol puesto, como ayudante de unos de sus hijos que trabaja en el departamento de limpia en el sur de California, confiesa don Lupe, y añade: “un sobrino me explicó que todos los días se le veía encaramado en el andamio de un pesado camión recolector de suciedad, parlando su retahíla de voces en inglés y español, y haciendo sonar una especie de campana de barrendero en los patios de fábricas, chimeneas y refinerías”.

También comentan que murió por el virus de la influenza, después de seis meses de trabajar en condiciones de riesgo. Tan así que uno no se explica cómo en un país supuestamente civilizado los ancianos no reciben un trato preferencial.
Y aunque murió sin las atenciones debidas, dicen que “el paisano de la campana rodante”, como era conocido por allá, partió sin rencores de este mundo, recordando los campos abundantes de su Apaseo, los más verdes de la provincia del sur, como solía decir.

Por eso, hoy nos reunimos para recordarlo, para hablar del amigo Apuleyo, y que la pena se torne sosegada ante la remembranza de su música de acordeón y su pasión por el baile, reflejo de esa labor suya del amor que siempre le tuvo a la vida, sostiene don Lupe.



“EL RELÁMPAGO DEL PUEBLO DE IXTLA”

Cuando a principios de abril, entrevisté al profesor Apuleyo Mendieta, vivía en una finca a las afueras de Caleras de Ameche. Me llamó la atención porque me dijeron “que hacía llorar el acordeón al estilo de Ramón Ayala”, de ahí que le bautizaron con ánimo coloquial como “el relámpago del pueblo de Ixtla”.

No se equivocaron, pues además de maestro de escuela rural, siempre fue un extraordinario músico, un estudiosos del corrido y un excelente bailador que sabía de alegrías y obsesiones.

Y aunque hacia diez años que se había jubilado seguía conservando ese zapateado firme y vigoroso cuando bailaba los sones regionales como en aquellos tiempos en que andaba sobrado de apetitos carnales y apretaba de la cintura a su pareja y rehileteaba el sombrero, lo lanzaba al aire para que éste cayera en la cabeza de la mujer, mientras avanzaba de izquierda a derecha dando varias vueltas a la pista taloneando duro y alzando el tacón, para verse bien pantera.

En ese entonces me comentó que su profesión de maestro la había ejercido en comunidades rurales alejadas, en salones con techo de ramas y con alumnos desnutridos y sin desayunar, sentados en pupitres desvencijados, y donde los campesinos todavía utilizaban la yunta de bueyes para sembrar y el maíz se medía en pequeñas cajas de madera coloniales que se llaman cuarterones.

Me confesó que les había enseñado las primeras letras, así como a bailar sones regionales y a cambio sus alumnos y la gente le dieron una lección de organización comunitaria con sus rituales de las mayordomías para celebrar sus fiestas patronales y la comprensible determinación de creer en sus santos y figuras religiosas. Afirmaba que eso era importante sobre todo en esta región donde los beneficios oficiales llegan tarde y a cuentagotas.

Don Apuleyo también sabía de pasos, evoluciones y escenografías del baile regional. En tertulias, fiestas patronales y cívicas bailaba lo que ponían: desde el jarabe largo ranchero, mixteco, polcas norteñas, sones veracruzanos y hasta norteños, con aire de suficiencia.

De la música solía decir “que abre los oídos del alma y el baile la alegra”; nos confesaba, este profesor jubilado, que aún conservaba muchas inquietudes de juventud y que con su acordeón interpretaba los corridos que, según decía, “son poemas narrativos acompañados de música que describen sucesos y personajes”, los cuales representan las raíces profundas del sentimiento mexicano.

Por otro lado, en esa ocasión, el profe Apuleyo habló también de su tronco familiar y se dijo ser un mezquite de amplia fronda, que gozaba a plenitud los años transcurridos y que todavía por su propia vitalidad: cantaba, bailaba, se divertía, cuidaba a los nietos y plantaba árboles frutales.

“La gente me tiene mucho respeto. También los políticos de esta región me tienen un reconocimiento muy especial por mi labor docente y porque dicen que hago llorar el acordeón que es un instrumento de pueblo y de hambre. En las fiestas del lugar se me acercan y me preguntan: ¿es usted el profe Apuleyo?. Felicidades, he oído de sus historias y corridos. Por eso en las historias que narro, musicalmente rescato lo que son las comunidades, la vida rural, su gente y su forma de hablar y de ser”, explicaba muy ufano.

No sin humor, el anciano admitía “que se podrá decir de mi que soy un viejo útil, que goza de cabal salud y vive en santa paz con el mundo, y hasta dirán que soy un chingón que algún día puedo llegar a presidente municipal”.

Y bueno. Parece que no fue así, porque ya no regresó del vecino país del norte, este viejo profesor que gozó de las bondades de la vida, y hoy lo recuerdan con mucho cariño sus amigos de la asociación de jubilados.
LAS BANDAS DE VIENTO

ANTONIO ESPINO MANDUJANO

La manera cálida y sencilla con la que don Lorenzo Carreño hila sus pensamientos es ejemplo del hombre que sabe lo esencial de la vida. Para empezar es memorioso y práctico. Ha ido acumulando recuerdos, hechos, fragmentos de la historia sobre las bandas de música del sur del estado, ya que desde los 8 años su padre lo llevaba a trabajar la parcela y después, por iniciativa de la Iglesia, le daba duro a la escoleta en el casco de la hacienda de Santo Tomás Huatzindeo donde junto a otros infantes aprendió primero a leer música antes que el silabario.

Las primeras manifestaciones –explica- de lo que hoy conocemos como música de banda se registran en el siglo XIX, cuando en muchos lugares del estado, se formaron agrupaciones a iniciativa de la Iglesia, el Ayuntamiento o la propia comunidad, que comienzan a imitar a las bandas militares del emperador Maximiliano de Austria, “que interpretaban música clásica”.

Señala que de estas raíces surgen las bandas que proliferan en los años treintas, famosas por su repertorio donde figuraban las oberturas de “la Flauta Mágica” y “las Bodas de Fígaro” y óperas de Mozart; “Fidelio”, de Beethoven, posteriormente agregaron a su sonido valses, pasodobles, himnos, sones, rumba, merengue, danzón, cha cha chá y cumbia, entre otros.

De este ímpetu nació la famosa banda del maestro Pánfilo Mosqueda, mejor conocido como el profe Colibrí, un viejo bonachón que enseñó música a generaciones de alumnos de las escuelas públicas de la región donde pocos como él han dejado raíces académicas.

Se comenta que hoy en día tiene un centro de capacitación para música de bandas de viento, en San José California, llamada El Colibrí Dorado, como el picaflor que vive en el norte y es migratorio.

Y dicen que le puso este nombre en referencia a su apodo y porque a esta pequeña ave se le considera animal divino que augura suerte y felicidad, por su belleza y delicadeza que hace que se le vincule con el amor.

Según nos cuenta don Lorenzo Carreño, a este maestro se le achacan los motes más despectivos y acordes a las características de cada uno de sus alumnos, así como también el haber emprendido un proyecto para rescatar y mantener la tradición de las bandas de viento en el sur del estado.

Era un espectáculo escuchar a los niños y jóvenes durante sus prácticas cotidianas, aprendiendo los métodos de enseñanza del maestro Pánfilo con su repertorio de valses, pasodobles, sones, himnos y danzones.

Afirma que a la gente le admiraba el ímpetu de las llamadas escoletas, donde el profe Pánfilo enseñaba a los niños de temprana edad a leer música al mismo tiempo que textos y poemas dedicados a Santa Cecilia, patrona de los músicos.

Su banda de viento La Chuparrosa del Bajío era el “ajonjolí de todos los moles”, lo mismo era contratada para tocar en casorio que en el funeral, el festejo del santo patrono que el acto cívico del Ayuntamiento, la corrida de toros que el jaripeo; en todos los actos musicales de servicio a la comunidad, ahí estaba La Chuparrosa con El Cabezón, El Boludo, El Trompudo, La Pinguica, El Botas Meadas, El Atrevido y El Quinceuñas entre los más famosos, ejecutando el clarinete, la tuba, la trompeta, el trombón, la tarola y el tambor.

A estos filarmónicos se les reconoce como pioneros de la música de banda como expresión de la cultura popular que incorporaron a su repertorio la música tradicional y el folclor que viste a los músicos con calzones de manta y sombrero, con una estructura interna donde predominan las relaciones de parentesco mediante las cuales se heredaba la tradición musical.

Hoy es frecuente encontrar por estos rumbos, a agrupaciones musicales integradas por hermanos, tíos, primos, compadres y ahijados cuya actividad gira en torno a las festividades religiosas.

El caso de La Chuparrosa, con el profe Mosqueda como director, captó la atención de historiadores musicales que reconocieron en esta banda de viento “una forma de organización social que identificaba a los individuos y reflejaba sus distintas manifestaciones culturales”, y creó toda una escuela cuyo objetivo era deleitar en los festejos religiosos, familiares y cívicos como una forma de comunicación humana.

Llegó a ser tanta su influencia en la esfera pública que la gente decía que la banda del profesor Colibrí “en las bodas incitaba a la alegría y al bailongo; en los actos cívicos hacía más patriotas a los ciudadanos y en los velorios, con su trombón, guiaba el alma al reino de los cielos”.

Por estas razones finaliza don Lorenzo Carreño, para preservar la memoria, en estos días de festejos patronales, un grupo de condiscípulos nos reunimos para recordar al profesor Pánfilo Mosqueda “forjador de una manifestación musical” que ha sido factor importante en la preservación y educación de las bandas de música de viento en el sur del estado de Guanajuato.

LA GLOBALIZACION

LA GLOBALIZACIÓN
“...Y SUS NUEVOS ENFOQUES”


ANTONIO ESPINO MANDUJANO

Después de la misa en la pequeña parroquia de la Noria tronaron los cohetes y acompañados por una banda de música, más de mil tarimorenses caminaron por la calle principal de esta localidad hasta la salida a la carretera de el Cacalote.
Iban los peregrinos con sus banderas desplegadas, de un amarillo citrino, grandes y en agitación constante. Eran un grupo de hombres con sombreros y cachuchas, y mujeres con pantalones de mezclilla y enaguas de un azul chillante.

Caminaban a mitad del campo sobre sus ágiles zapatos y huaraches de cuero levantando nubes de polvo y bajo un sol que se asomaba a la ladera de mezquites verdes que enmarcaban el panorama silvestre.

El reloj marcaba las 12:30 horas y el repiqueteo de las campanas de la parroquia del Cacalote,Gto. alcanzó su máxima intensidad cuando los peregrinos arribaron al poblado. Golpea la resolana. No importa. Desde lejos se percibe cómo se desplaza un alfombra de sombreros, cachuchas y sombrillas que van poblando el atrio del recinto cristero, donde se le rinde culto a fray José Pérez.

Llega el padre Alfredo Gallegos y entonces se escuchan gritos. Vestido con una camisa campirana abierta hasta la mitad del esternón y botas vaqueras, el Padre Pistolas le gusta echar rollos alegres ante audiencias cautivas y disfrutar de amabilidades y vítores.

En esta ocasión, en tono paternal preguntaba a los presentes: “¿quieren que cante, que cuente chistes o que hable de la Mula de seises...?”. “¿Cuál es el tema?”. Bueno, respondía él solo: “el tema de hoy es la globalización y sus nuevos enfoques, así que les pido su comprensión...y espero reflexionen el mensaje. La gente, en su mayor parte del sexo femenino, asentían.


¡RE-SUL-TA-DOS!

Animado por los aplausos, el sacerdote empezó a hablar a la multitud desde lo alto de una pila de ladrillos: “paisanada, había una vez, en Tarimoro (un pueblo del sureste del estado), dos paisanos gordinflones hijos de familia tradicionista y muy católica que se llamaban Rubén Ramírez. Uno, sacerdote famoso por recrear figuras evangélicas, y el otro era chofer de microbús, obeso y abotagado. Quiere el destino que los dos mueran el mismo día. Entonces, llegan al cielo, donde los espera San Pedro vestido de humilde túnica blanca que contrastaba con los elegantes trajes sastre y vestidos tipo Chanel de unas esposas de presidentes municipales de la región que esperaban turno. “¿Tu nombre?”, pregunta el santo al primero. “Rubén Ramírez”. “¿El sacerdote?”. “No, no; el chofer Burrén”. El santo custodio de las llaves del Cielo consulta su planilla y dice: “bueno, por tus actos y trapacerías de microbusero, te has ganado el Paraíso. Por lo tanto, te corresponden estas túnicas de seda con hilos de oro y esta vara de áureo metal con incrustaciones de rubíes. Puedes pasar. “Gracias, gracias, dice el chofer que siempre andaba al volante de un microbús del año del caldo, medio destartalado y con las llantas lisas. Pasan dos mujeres más (ex primeras damas), y luego le toca el turno al otro Rubén, quien había presenciado la entrada de su paisano. “¿Tu nombre?”. “Rubén Ramírez. “¿El sacerdote?” “Si”. “Muy bien, hijo mío. Te has ganado el Paraíso. Te corresponde esta bata de poliéster y esta vara de mezquite”. El sacerdote dice: “perdón, no es por presumir, pero...debe haber un error. ¡Yo soy Rubén Ramírez, el sacerdote!”. “Sí, hijo mío, te has ganado el Paraíso, te corresponde la bata de...” “¡No, no puede ser!. Yo conozco al otro señor, era un chofer, vivía en mi pueblo, ¡era un desastre como microbusero, en su camión con las puertas abolladas y raspadas, el chasis todo madreado de tanto golpe bajo, se subía a las banquetas, chocaba todos los días, una vez se estrelló contra una casa y en otra ocasión tiró dos postes del alumbrado. Y yo me pasé 50 años de mi vida predicando todos los domingos en la parroquia de San Miguel. ¿Cómo puede ser que a él le toque una túnica con hilos de oro y vara de platino y a mí esto?. ¡Debe haber un error!”. “No, no es ningún error dice San Pedro, lo que pasa es que aquí en el Cielo ha llegado la globalización con sus nuevos enfoques administrativos. Nosotros ya no hacemos las evaluaciones como antes”. “¿Cómo? No entiendo”. “Claro, ahora nos manejamos por objetivos y resultados. Mira, te voy a explicar tu caso y lo entenderás en seguida: durante los últimos 50 años, cada vez que tú predicabas, la gente se dormía; pero cada vez que el chofer conducía, la gente rezaba y se acordaba de Dios. Entonces, ¿quién vendía más nuestros servicios?. Nos interesan los resultados, hijo mío. ¡Re-sul-ta-dos!”.

EL CANTANTE

EL CANTANTE DE LOS PEREGRINOS

ANTONIO ESPINO MANDUJANO


El padre Alfredo Gallegos Lara, como intérprete de boleros, es un cantante muy famoso y admirado entre los peregrinos que caminan del Bajío al Tepeyac.

Siempre los acompaña en sus agotadoras jornadas y en las noches, en una especie de abrazo musical, para ahuyentar el tedio y el cansancio, acompañado de su tradicional guitarra o a veces llevando mariachi y rodeado de más de trescientos feligreses hace que sus canciones y sus chistes se esparzan, creando una atmósfera de relajamiento, de romanticismo, de recuerdos; por momentos de nostalgia y alegría, en una suerte de charro cantor con el ánimo encendido que multiplica las complacencias en un escenario con aires de campo y caminos de tierra.

Los peregrinos que conocen de música dicen que dramatiza la melodía, en un estilo cadencioso que alarga los tonos en las vocales y maneja el énfasis en las frases al estilo de José Alfredo Jiménez, como cuando canta El Rey: “Una piedra en el camino/me enseñó que mi destino/era rodar y rodar/después me dijo un arriero/que no hay que llegar primero/sino hay que saber llegar”. O bien recalcando emocionalmente la línea poética como cuando interpreta música de la trova yucateca como esa canción de Guty Cárdenas que dice: “Yo sé que nunca/besaré tu boca/tu boca de púrpura encendida/yo sé que nunca llegaré a la loca/y apasionada fuente de tu vida”.

Por eso al término de la ceremonia religiosa y cuando los peregrinos se dan cuenta de la presencia del sacerdote-cantante, es a él a quien le piden que se arranque con una canción prendiendo el júbilo de la feligresía.
“¡Padre Feyo échese una alegre, que esto parece velorio”!, grita alguien de los peregrinos. Y el Padre Pistolas responde con un animado “Caminos de Guanajuato” que prende a la concurrencia.

Es también ya famosa la anécdota, cuando en la comunidad de San Nicolás de la Condesa, los lugareños bailaban al son de los mariachis y se desgañitaban armando borlote en cuanto el padre Alfredo se arrancaba con una canción.

Doña Conchita, una anciana que se olvidaba de sus 76 años de edad, zapateando “el mariachi loco”, por sus zangoloteo le gritaba la chamacada a su alrededor “¡voy polla”!, y con voz de trueno el Jilguero de Tarimoro complementaba “¡pero no hay ningún gallo”!, esbozando una sonrisa y manteniendo el ánimo en lo alto, mientras las caras de alegría de los parroquianos lo decían todo.

Su fama ha trascendido por todas las comunidades de la región sur del estado, tan es así que los lugareños han compuesto más de una docena de corridos en su honor. Un ejemplo de originalidad e improvisación es el corrido Mañanitas al Padre Pistolas, que los campesinos de Las Cañadas de Tirados, cantaron una fría tarde, en la que flotaban algunos sueltos jirones de nubes blancas, mientras departíamos entre puestos de comida con motivo de su fiesta patronal.

Tal vez por eso dicen los peregrinos que el padre Alfredo suele ser directo, franco y sonriente y sin asomo alguno de esas solemnidades antipáticas que suelen caracterizar a las dignidades católicas.

Es por tal motivo “el cantante de los peregrinos” del Bajío al Tepeyac, porque de esos curas quedan pocos.

DON JUVE

DON JUVE Y SU
BURDÉGANO


Antonio Espino Mandujano



Hace años los habitantes de La Cuesta, un caserío diseminado en la parte más alta del municipio de Tarimoro, Gto. pasearon la imagen milagrosa de un pequeño Cristo de madera, que con todo y vitrina ataron al lomo de un burdégano saludable y reparador, producto de la cruza del caballo y la burra de don Juvenal Micalco, un hombre de Huapango, blanco y alto, muy circunspecto y que se sabía, era un “chingón” en la cría de mulas y caballos de gran alzada.

Pues bien, ahí iba la gente en peregrinación, recorriendo las comunidades circunvecinas, con sus ramos de manzanilla, gardenias y nubes, lanzando cohetones y más cohetones como para sacarle nubes al cielo y jalar la lluvia; rezando y cantando para que cayera, aunque fuera tantita agua, la necesaria para aplacar la sequía, que castigaba las parcelas sembradas de maíz.

Ya de regreso a su comunidad, cuando todos iban cansados, pero contentos, comentando que el acontecimiento había reunido a mucha gente; vagamente el cielo suelta un relámpago y se empieza a cargar con barruntos de tempestad.

De pronto un rayo parte del horizonte y se oye como una detonación de piedras desbarrancadas . El hombre de los cohetones -que iba a un lado del santito-, alborozado, prende fuego a otro petardo que chifla, sube y estalla espantando al burdégano que corre despavorido provocando un desastre.

Nadie sabe en verdad lo que ocurrió. Unos dicen que encontraron al Cristo entre la milpa intacto y en su vitrina; otros, comentaron que sólo había pedazos de madera en un recipiente que derramaba una luz densa y fulgurante; en lo que si coinciden todos es que la lluvia con granizo fue tan devastadora que se perdió toda la cosecha.

Al siguiente día, con la difícil situación de la zarandeada del santito y la pérdida de la cosecha, una comisión de vecinos fue a entrevistarse con don Juvenal Micalco, quien perfectamente vestido en su uniforme de veterinario y sin un atisbo de preocupación los recibió como siempre, amable y sonriente.

- Su mula es un producto del demonio, le soltaron a bocajarro. pensamos que como es incapaz de tener crías, lleva el pingo adentro. ¿Ya sabe de la desgracia que provocó su mula ayer? ¿Ahora cómo nos va a ir sin nuestro santito y sin nuestra cosecha?, preguntó un joven.

Don Juve los miró con consideración y les pidió que esperaran un momento. Dio un largo sorbo a una olla de café y con aire grave respondió: “ miren vecinos, en primer lugar, el animal que de buena gana les presté ayer, no es una mula, es un burdégano, hijo de un caballo de carreras y una burra chingona para el trabajo. Éste que tiene cuatro espejuelos como su padre, ni siquiera me lo han regresado y ya vienen a echarle cebo por una cosa que francamente fue una tarugada. ¿ A qué pendejo se le ocurre tronar petardos en las orejas del animal”?

En segundo lugar – les dijo – suponiendo que la petición de lluvia fue atendida por el santito, mientras yo buscó a mi animal, ustedes localicen a su Cristo lastimado y lo volvemos a pasear para que vea las pendejadas que hizo el día de ayer. Si no lo creen ¿ Para qué tanto rezo, tanto canto y tanto cohete?, preguntó el veterinario, mientras clavaba su mirada en las milpas siniestradas.


El veterinario Micalco – dicen quienes lo han tratado – que ahora es un hombre nonagenario, descendiente de una añeja familia de la región cuyo origen se remonta a los tiempos de la intervención francesa.

Comentan, que antes de irse a radicar a la ciudad de Los Ángeles, California, tenía la costumbre de hacer que registraran en un cuaderno pasajes de su vida de veterinario práctico. Amante de los equinos, dicen que sus caballos llegaron a ser campeones en los circuitos de las ferias más importantes de la región.

Amable siempre y sonriente, con otro concepto de la vida, siempre comentaba con ironía, que únicamente a lo que “sí le sacaba el parche”, era a la revisión de su próstata: “ a nadie deseo el mal rato que hace pasar a uno, el elegante galeno que nos pone en una situación verdaderamente humillante y para acabarla de amolar, nos mete un dedo por donde uno no quisiera”, solía decir muy circunspecto a los que le preguntaban por su salud.

DOMINGO CARCAÑO

DOMINGO CARCAÑO

Antonio Espino Mandujano

“Al periodismo le debo la cultura del entusiasmo y a la mujer la
creencia de que es el mayor argumento de que Dios existe”

UNO
En traje azul, camisa de cuello de tortuga impecable, el pintor más representativo de los bohemios don Domingo, empieza el día a todo gas. Lo encontramos en la comida anual de un grupo de tarimorenses, con sus amigos al lado, de inmejorable ánimo, porque dice que sigue enamorado, de esa ensoñación única que es la mujer... lo mismo le brillan los ojos al hablar largos minutos sobre pintura, que hace pausa al llegar al inevitable tema que más le apasiona: las damas. Se llenará de entusiasmo en cuanto escucha mencionar el tema del “palomazo” y nos receta de nuevo su famosa prédica, con el agregado de “cien nubes de amor, cercan al cielo”, de nombre largo y cachondo, bromea.

DOS
El pintor chilango Domingo Carcaño, reconocido maestro del dibujo y exponente de una nueva escuela del espacio libre “que infiltra en la intimidad del desnudo” y a quien sus conocidos llaman “el aterciopelado”, porque es un hombre maduro, afable, siempre relajado y con talante de los que parecen no tener mayores problemas en la vida, me confesó “que si nuevamente tuviera 18 años, con la experiencia que he acumulado, ninguna dama podría resistirse”.
En la juventud-explica- los hombres “están más interesados en obtener y recibir placer que en ofrecerlo”; ya cuarentones tienen menor resistencia física, “por lo que la calidad desplaza a la cantidad en los encuentros amorosos, sobretodo si son con jóvenes veinteañeras”.
Este pintor rollizo de lentes bifocales y greñas lacias y canosas, cuya teoría de la calidad sexual plasmó en su famoso cuadro “Una rebanada de luna”, donde buscó crear imágenes de la mujer, “próximas y convincentes”, también se ufana de ser psicólogo y terapeuta, cuando afirma que todo proviene de la propia naturaleza: “en la época de calor las mujeres producen mayor número de feromonas, hormonas que son perceptibles por el órgano vomeronasal (situado cerca del tabique nasal) que estimula el hipotálamo, receptor de emociones y deseos sexuales”.
De ahí el privilegio de quien pruebe “bucear” por el cuerpo de una mujer, puntualiza, y nos comenta el caso sonado del famoso “palomazo” que explica las razones del porqué una pareja con grande diferencia de edades se atrae.
Conocí un maestro en la escuela de San Carlos, nos dice, que se casó hombre maduro, con una joven a quien le llevaba 30 años. Para beneficiarse de la inexperiencia de la joven en cuestión, el experimentado maestro uso un marcador una vez, cuando “buceaba”. Al deslizar su nariz y boca “por los espacios de su luna redonda”, su mujer le decía “ahí, ahí... un poco más a la derecha... no, no, a la izquierda...¡ por favor, te lo suplico, más arriba, más arriba...!, ¡ahí, ahí, merito!”. el experimentado pintor se detuvo y puso el dedo en el punto que la mujer orientó. Le puso “un palomazo” con el marcador, y le dijo, apretando las mandíbulas y endureciendo el gesto: “¡mira, que si mueves ese punto, te mato!”. La mujer se limitó a sonreír, todavía aturrullada por la excitación provocada.
El pintor Carcaño platica que de ahí surgió la práctica del “palomazo”, y el porqué los caballeros maduros prefieren a las jóvenes, “que significa la reafirmación de la virilidad y la autoestima”, por la experiencia acumulada: cuando se llega a la madurez, el hombre ya no solo busca su propio goce, sino también el de su pareja, lo que les da mayor seguridad sexual, “ya que la calidad desplaza a la cantidad en los encuentros sexuales”.
En este sentido, dice el refrán que la vida comienza a los 40. El filósofo y matemático René Descartes, por ejemplo, ya cuarentón se sentía atraído, sobre todo con las jovencitas bizcas, y buceaba como una de las más atractivas experiencias eróticas.
De ahí que la aventura del “palomazo” vivida por el maestro de San Carlos, señala Carcaño, es la forma de tener “bajo control esos detalles” a la hora de cumplir con la misión que a los hombres maduros nos depara el encuentro amoroso, ya que experiencia mata juventud, lo que es lo mismo: “cien nubes de amor cercan al cielo”.

Por otro lado, cada vez son más las parejas de la tercera edad que tienen sexo.

Cuenta, don Domingo, que cuando la actriz Sophia Loren preguntó a su abuela Luisa cuándo perdió interés por el sexo, la anciana de 80 años, contestó: “No se, querida, tendrás que preguntarle a alguien de más edad”.
Hoy no estaría sola. Los mayores de 70 años tienen más y mejor sexo que nunca, según un estudio. La generación Viagra continúa disfrutando de la intimidad sexual en una forma que estuvo negada a sus antepasados.