LAS BANDAS DE VIENTO
ANTONIO ESPINO MANDUJANO
La manera cálida y sencilla con la que don Lorenzo Carreño hila sus pensamientos es ejemplo del hombre que sabe lo esencial de la vida. Para empezar es memorioso y práctico. Ha ido acumulando recuerdos, hechos, fragmentos de la historia sobre las bandas de música del sur del estado, ya que desde los 8 años su padre lo llevaba a trabajar la parcela y después, por iniciativa de la Iglesia, le daba duro a la escoleta en el casco de la hacienda de Santo Tomás Huatzindeo donde junto a otros infantes aprendió primero a leer música antes que el silabario.
Las primeras manifestaciones –explica- de lo que hoy conocemos como música de banda se registran en el siglo XIX, cuando en muchos lugares del estado, se formaron agrupaciones a iniciativa de la Iglesia, el Ayuntamiento o la propia comunidad, que comienzan a imitar a las bandas militares del emperador Maximiliano de Austria, “que interpretaban música clásica”.
Señala que de estas raíces surgen las bandas que proliferan en los años treintas, famosas por su repertorio donde figuraban las oberturas de “la Flauta Mágica” y “las Bodas de Fígaro” y óperas de Mozart; “Fidelio”, de Beethoven, posteriormente agregaron a su sonido valses, pasodobles, himnos, sones, rumba, merengue, danzón, cha cha chá y cumbia, entre otros.
De este ímpetu nació la famosa banda del maestro Pánfilo Mosqueda, mejor conocido como el profe Colibrí, un viejo bonachón que enseñó música a generaciones de alumnos de las escuelas públicas de la región donde pocos como él han dejado raíces académicas.
Se comenta que hoy en día tiene un centro de capacitación para música de bandas de viento, en San José California, llamada El Colibrí Dorado, como el picaflor que vive en el norte y es migratorio.
Y dicen que le puso este nombre en referencia a su apodo y porque a esta pequeña ave se le considera animal divino que augura suerte y felicidad, por su belleza y delicadeza que hace que se le vincule con el amor.
Según nos cuenta don Lorenzo Carreño, a este maestro se le achacan los motes más despectivos y acordes a las características de cada uno de sus alumnos, así como también el haber emprendido un proyecto para rescatar y mantener la tradición de las bandas de viento en el sur del estado.
Era un espectáculo escuchar a los niños y jóvenes durante sus prácticas cotidianas, aprendiendo los métodos de enseñanza del maestro Pánfilo con su repertorio de valses, pasodobles, sones, himnos y danzones.
Afirma que a la gente le admiraba el ímpetu de las llamadas escoletas, donde el profe Pánfilo enseñaba a los niños de temprana edad a leer música al mismo tiempo que textos y poemas dedicados a Santa Cecilia, patrona de los músicos.
Su banda de viento La Chuparrosa del Bajío era el “ajonjolí de todos los moles”, lo mismo era contratada para tocar en casorio que en el funeral, el festejo del santo patrono que el acto cívico del Ayuntamiento, la corrida de toros que el jaripeo; en todos los actos musicales de servicio a la comunidad, ahí estaba La Chuparrosa con El Cabezón, El Boludo, El Trompudo, La Pinguica, El Botas Meadas, El Atrevido y El Quinceuñas entre los más famosos, ejecutando el clarinete, la tuba, la trompeta, el trombón, la tarola y el tambor.
A estos filarmónicos se les reconoce como pioneros de la música de banda como expresión de la cultura popular que incorporaron a su repertorio la música tradicional y el folclor que viste a los músicos con calzones de manta y sombrero, con una estructura interna donde predominan las relaciones de parentesco mediante las cuales se heredaba la tradición musical.
Hoy es frecuente encontrar por estos rumbos, a agrupaciones musicales integradas por hermanos, tíos, primos, compadres y ahijados cuya actividad gira en torno a las festividades religiosas.
El caso de La Chuparrosa, con el profe Mosqueda como director, captó la atención de historiadores musicales que reconocieron en esta banda de viento “una forma de organización social que identificaba a los individuos y reflejaba sus distintas manifestaciones culturales”, y creó toda una escuela cuyo objetivo era deleitar en los festejos religiosos, familiares y cívicos como una forma de comunicación humana.
Llegó a ser tanta su influencia en la esfera pública que la gente decía que la banda del profesor Colibrí “en las bodas incitaba a la alegría y al bailongo; en los actos cívicos hacía más patriotas a los ciudadanos y en los velorios, con su trombón, guiaba el alma al reino de los cielos”.
Por estas razones finaliza don Lorenzo Carreño, para preservar la memoria, en estos días de festejos patronales, un grupo de condiscípulos nos reunimos para recordar al profesor Pánfilo Mosqueda “forjador de una manifestación musical” que ha sido factor importante en la preservación y educación de las bandas de música de viento en el sur del estado de Guanajuato.
martes, 12 de mayo de 2009
LA GLOBALIZACION
LA GLOBALIZACIÓN
“...Y SUS NUEVOS ENFOQUES”
ANTONIO ESPINO MANDUJANO
Después de la misa en la pequeña parroquia de la Noria tronaron los cohetes y acompañados por una banda de música, más de mil tarimorenses caminaron por la calle principal de esta localidad hasta la salida a la carretera de el Cacalote.
Iban los peregrinos con sus banderas desplegadas, de un amarillo citrino, grandes y en agitación constante. Eran un grupo de hombres con sombreros y cachuchas, y mujeres con pantalones de mezclilla y enaguas de un azul chillante.
Caminaban a mitad del campo sobre sus ágiles zapatos y huaraches de cuero levantando nubes de polvo y bajo un sol que se asomaba a la ladera de mezquites verdes que enmarcaban el panorama silvestre.
El reloj marcaba las 12:30 horas y el repiqueteo de las campanas de la parroquia del Cacalote,Gto. alcanzó su máxima intensidad cuando los peregrinos arribaron al poblado. Golpea la resolana. No importa. Desde lejos se percibe cómo se desplaza un alfombra de sombreros, cachuchas y sombrillas que van poblando el atrio del recinto cristero, donde se le rinde culto a fray José Pérez.
Llega el padre Alfredo Gallegos y entonces se escuchan gritos. Vestido con una camisa campirana abierta hasta la mitad del esternón y botas vaqueras, el Padre Pistolas le gusta echar rollos alegres ante audiencias cautivas y disfrutar de amabilidades y vítores.
En esta ocasión, en tono paternal preguntaba a los presentes: “¿quieren que cante, que cuente chistes o que hable de la Mula de seises...?”. “¿Cuál es el tema?”. Bueno, respondía él solo: “el tema de hoy es la globalización y sus nuevos enfoques, así que les pido su comprensión...y espero reflexionen el mensaje. La gente, en su mayor parte del sexo femenino, asentían.
¡RE-SUL-TA-DOS!
Animado por los aplausos, el sacerdote empezó a hablar a la multitud desde lo alto de una pila de ladrillos: “paisanada, había una vez, en Tarimoro (un pueblo del sureste del estado), dos paisanos gordinflones hijos de familia tradicionista y muy católica que se llamaban Rubén Ramírez. Uno, sacerdote famoso por recrear figuras evangélicas, y el otro era chofer de microbús, obeso y abotagado. Quiere el destino que los dos mueran el mismo día. Entonces, llegan al cielo, donde los espera San Pedro vestido de humilde túnica blanca que contrastaba con los elegantes trajes sastre y vestidos tipo Chanel de unas esposas de presidentes municipales de la región que esperaban turno. “¿Tu nombre?”, pregunta el santo al primero. “Rubén Ramírez”. “¿El sacerdote?”. “No, no; el chofer Burrén”. El santo custodio de las llaves del Cielo consulta su planilla y dice: “bueno, por tus actos y trapacerías de microbusero, te has ganado el Paraíso. Por lo tanto, te corresponden estas túnicas de seda con hilos de oro y esta vara de áureo metal con incrustaciones de rubíes. Puedes pasar. “Gracias, gracias, dice el chofer que siempre andaba al volante de un microbús del año del caldo, medio destartalado y con las llantas lisas. Pasan dos mujeres más (ex primeras damas), y luego le toca el turno al otro Rubén, quien había presenciado la entrada de su paisano. “¿Tu nombre?”. “Rubén Ramírez. “¿El sacerdote?” “Si”. “Muy bien, hijo mío. Te has ganado el Paraíso. Te corresponde esta bata de poliéster y esta vara de mezquite”. El sacerdote dice: “perdón, no es por presumir, pero...debe haber un error. ¡Yo soy Rubén Ramírez, el sacerdote!”. “Sí, hijo mío, te has ganado el Paraíso, te corresponde la bata de...” “¡No, no puede ser!. Yo conozco al otro señor, era un chofer, vivía en mi pueblo, ¡era un desastre como microbusero, en su camión con las puertas abolladas y raspadas, el chasis todo madreado de tanto golpe bajo, se subía a las banquetas, chocaba todos los días, una vez se estrelló contra una casa y en otra ocasión tiró dos postes del alumbrado. Y yo me pasé 50 años de mi vida predicando todos los domingos en la parroquia de San Miguel. ¿Cómo puede ser que a él le toque una túnica con hilos de oro y vara de platino y a mí esto?. ¡Debe haber un error!”. “No, no es ningún error dice San Pedro, lo que pasa es que aquí en el Cielo ha llegado la globalización con sus nuevos enfoques administrativos. Nosotros ya no hacemos las evaluaciones como antes”. “¿Cómo? No entiendo”. “Claro, ahora nos manejamos por objetivos y resultados. Mira, te voy a explicar tu caso y lo entenderás en seguida: durante los últimos 50 años, cada vez que tú predicabas, la gente se dormía; pero cada vez que el chofer conducía, la gente rezaba y se acordaba de Dios. Entonces, ¿quién vendía más nuestros servicios?. Nos interesan los resultados, hijo mío. ¡Re-sul-ta-dos!”.
“...Y SUS NUEVOS ENFOQUES”
ANTONIO ESPINO MANDUJANO
Después de la misa en la pequeña parroquia de la Noria tronaron los cohetes y acompañados por una banda de música, más de mil tarimorenses caminaron por la calle principal de esta localidad hasta la salida a la carretera de el Cacalote.
Iban los peregrinos con sus banderas desplegadas, de un amarillo citrino, grandes y en agitación constante. Eran un grupo de hombres con sombreros y cachuchas, y mujeres con pantalones de mezclilla y enaguas de un azul chillante.
Caminaban a mitad del campo sobre sus ágiles zapatos y huaraches de cuero levantando nubes de polvo y bajo un sol que se asomaba a la ladera de mezquites verdes que enmarcaban el panorama silvestre.
El reloj marcaba las 12:30 horas y el repiqueteo de las campanas de la parroquia del Cacalote,Gto. alcanzó su máxima intensidad cuando los peregrinos arribaron al poblado. Golpea la resolana. No importa. Desde lejos se percibe cómo se desplaza un alfombra de sombreros, cachuchas y sombrillas que van poblando el atrio del recinto cristero, donde se le rinde culto a fray José Pérez.
Llega el padre Alfredo Gallegos y entonces se escuchan gritos. Vestido con una camisa campirana abierta hasta la mitad del esternón y botas vaqueras, el Padre Pistolas le gusta echar rollos alegres ante audiencias cautivas y disfrutar de amabilidades y vítores.
En esta ocasión, en tono paternal preguntaba a los presentes: “¿quieren que cante, que cuente chistes o que hable de la Mula de seises...?”. “¿Cuál es el tema?”. Bueno, respondía él solo: “el tema de hoy es la globalización y sus nuevos enfoques, así que les pido su comprensión...y espero reflexionen el mensaje. La gente, en su mayor parte del sexo femenino, asentían.
¡RE-SUL-TA-DOS!
Animado por los aplausos, el sacerdote empezó a hablar a la multitud desde lo alto de una pila de ladrillos: “paisanada, había una vez, en Tarimoro (un pueblo del sureste del estado), dos paisanos gordinflones hijos de familia tradicionista y muy católica que se llamaban Rubén Ramírez. Uno, sacerdote famoso por recrear figuras evangélicas, y el otro era chofer de microbús, obeso y abotagado. Quiere el destino que los dos mueran el mismo día. Entonces, llegan al cielo, donde los espera San Pedro vestido de humilde túnica blanca que contrastaba con los elegantes trajes sastre y vestidos tipo Chanel de unas esposas de presidentes municipales de la región que esperaban turno. “¿Tu nombre?”, pregunta el santo al primero. “Rubén Ramírez”. “¿El sacerdote?”. “No, no; el chofer Burrén”. El santo custodio de las llaves del Cielo consulta su planilla y dice: “bueno, por tus actos y trapacerías de microbusero, te has ganado el Paraíso. Por lo tanto, te corresponden estas túnicas de seda con hilos de oro y esta vara de áureo metal con incrustaciones de rubíes. Puedes pasar. “Gracias, gracias, dice el chofer que siempre andaba al volante de un microbús del año del caldo, medio destartalado y con las llantas lisas. Pasan dos mujeres más (ex primeras damas), y luego le toca el turno al otro Rubén, quien había presenciado la entrada de su paisano. “¿Tu nombre?”. “Rubén Ramírez. “¿El sacerdote?” “Si”. “Muy bien, hijo mío. Te has ganado el Paraíso. Te corresponde esta bata de poliéster y esta vara de mezquite”. El sacerdote dice: “perdón, no es por presumir, pero...debe haber un error. ¡Yo soy Rubén Ramírez, el sacerdote!”. “Sí, hijo mío, te has ganado el Paraíso, te corresponde la bata de...” “¡No, no puede ser!. Yo conozco al otro señor, era un chofer, vivía en mi pueblo, ¡era un desastre como microbusero, en su camión con las puertas abolladas y raspadas, el chasis todo madreado de tanto golpe bajo, se subía a las banquetas, chocaba todos los días, una vez se estrelló contra una casa y en otra ocasión tiró dos postes del alumbrado. Y yo me pasé 50 años de mi vida predicando todos los domingos en la parroquia de San Miguel. ¿Cómo puede ser que a él le toque una túnica con hilos de oro y vara de platino y a mí esto?. ¡Debe haber un error!”. “No, no es ningún error dice San Pedro, lo que pasa es que aquí en el Cielo ha llegado la globalización con sus nuevos enfoques administrativos. Nosotros ya no hacemos las evaluaciones como antes”. “¿Cómo? No entiendo”. “Claro, ahora nos manejamos por objetivos y resultados. Mira, te voy a explicar tu caso y lo entenderás en seguida: durante los últimos 50 años, cada vez que tú predicabas, la gente se dormía; pero cada vez que el chofer conducía, la gente rezaba y se acordaba de Dios. Entonces, ¿quién vendía más nuestros servicios?. Nos interesan los resultados, hijo mío. ¡Re-sul-ta-dos!”.
EL CANTANTE
EL CANTANTE DE LOS PEREGRINOS
ANTONIO ESPINO MANDUJANO
El padre Alfredo Gallegos Lara, como intérprete de boleros, es un cantante muy famoso y admirado entre los peregrinos que caminan del Bajío al Tepeyac.
Siempre los acompaña en sus agotadoras jornadas y en las noches, en una especie de abrazo musical, para ahuyentar el tedio y el cansancio, acompañado de su tradicional guitarra o a veces llevando mariachi y rodeado de más de trescientos feligreses hace que sus canciones y sus chistes se esparzan, creando una atmósfera de relajamiento, de romanticismo, de recuerdos; por momentos de nostalgia y alegría, en una suerte de charro cantor con el ánimo encendido que multiplica las complacencias en un escenario con aires de campo y caminos de tierra.
Los peregrinos que conocen de música dicen que dramatiza la melodía, en un estilo cadencioso que alarga los tonos en las vocales y maneja el énfasis en las frases al estilo de José Alfredo Jiménez, como cuando canta El Rey: “Una piedra en el camino/me enseñó que mi destino/era rodar y rodar/después me dijo un arriero/que no hay que llegar primero/sino hay que saber llegar”. O bien recalcando emocionalmente la línea poética como cuando interpreta música de la trova yucateca como esa canción de Guty Cárdenas que dice: “Yo sé que nunca/besaré tu boca/tu boca de púrpura encendida/yo sé que nunca llegaré a la loca/y apasionada fuente de tu vida”.
Por eso al término de la ceremonia religiosa y cuando los peregrinos se dan cuenta de la presencia del sacerdote-cantante, es a él a quien le piden que se arranque con una canción prendiendo el júbilo de la feligresía.
“¡Padre Feyo échese una alegre, que esto parece velorio”!, grita alguien de los peregrinos. Y el Padre Pistolas responde con un animado “Caminos de Guanajuato” que prende a la concurrencia.
Es también ya famosa la anécdota, cuando en la comunidad de San Nicolás de la Condesa, los lugareños bailaban al son de los mariachis y se desgañitaban armando borlote en cuanto el padre Alfredo se arrancaba con una canción.
Doña Conchita, una anciana que se olvidaba de sus 76 años de edad, zapateando “el mariachi loco”, por sus zangoloteo le gritaba la chamacada a su alrededor “¡voy polla”!, y con voz de trueno el Jilguero de Tarimoro complementaba “¡pero no hay ningún gallo”!, esbozando una sonrisa y manteniendo el ánimo en lo alto, mientras las caras de alegría de los parroquianos lo decían todo.
Su fama ha trascendido por todas las comunidades de la región sur del estado, tan es así que los lugareños han compuesto más de una docena de corridos en su honor. Un ejemplo de originalidad e improvisación es el corrido Mañanitas al Padre Pistolas, que los campesinos de Las Cañadas de Tirados, cantaron una fría tarde, en la que flotaban algunos sueltos jirones de nubes blancas, mientras departíamos entre puestos de comida con motivo de su fiesta patronal.
Tal vez por eso dicen los peregrinos que el padre Alfredo suele ser directo, franco y sonriente y sin asomo alguno de esas solemnidades antipáticas que suelen caracterizar a las dignidades católicas.
Es por tal motivo “el cantante de los peregrinos” del Bajío al Tepeyac, porque de esos curas quedan pocos.
ANTONIO ESPINO MANDUJANO
El padre Alfredo Gallegos Lara, como intérprete de boleros, es un cantante muy famoso y admirado entre los peregrinos que caminan del Bajío al Tepeyac.
Siempre los acompaña en sus agotadoras jornadas y en las noches, en una especie de abrazo musical, para ahuyentar el tedio y el cansancio, acompañado de su tradicional guitarra o a veces llevando mariachi y rodeado de más de trescientos feligreses hace que sus canciones y sus chistes se esparzan, creando una atmósfera de relajamiento, de romanticismo, de recuerdos; por momentos de nostalgia y alegría, en una suerte de charro cantor con el ánimo encendido que multiplica las complacencias en un escenario con aires de campo y caminos de tierra.
Los peregrinos que conocen de música dicen que dramatiza la melodía, en un estilo cadencioso que alarga los tonos en las vocales y maneja el énfasis en las frases al estilo de José Alfredo Jiménez, como cuando canta El Rey: “Una piedra en el camino/me enseñó que mi destino/era rodar y rodar/después me dijo un arriero/que no hay que llegar primero/sino hay que saber llegar”. O bien recalcando emocionalmente la línea poética como cuando interpreta música de la trova yucateca como esa canción de Guty Cárdenas que dice: “Yo sé que nunca/besaré tu boca/tu boca de púrpura encendida/yo sé que nunca llegaré a la loca/y apasionada fuente de tu vida”.
Por eso al término de la ceremonia religiosa y cuando los peregrinos se dan cuenta de la presencia del sacerdote-cantante, es a él a quien le piden que se arranque con una canción prendiendo el júbilo de la feligresía.
“¡Padre Feyo échese una alegre, que esto parece velorio”!, grita alguien de los peregrinos. Y el Padre Pistolas responde con un animado “Caminos de Guanajuato” que prende a la concurrencia.
Es también ya famosa la anécdota, cuando en la comunidad de San Nicolás de la Condesa, los lugareños bailaban al son de los mariachis y se desgañitaban armando borlote en cuanto el padre Alfredo se arrancaba con una canción.
Doña Conchita, una anciana que se olvidaba de sus 76 años de edad, zapateando “el mariachi loco”, por sus zangoloteo le gritaba la chamacada a su alrededor “¡voy polla”!, y con voz de trueno el Jilguero de Tarimoro complementaba “¡pero no hay ningún gallo”!, esbozando una sonrisa y manteniendo el ánimo en lo alto, mientras las caras de alegría de los parroquianos lo decían todo.
Su fama ha trascendido por todas las comunidades de la región sur del estado, tan es así que los lugareños han compuesto más de una docena de corridos en su honor. Un ejemplo de originalidad e improvisación es el corrido Mañanitas al Padre Pistolas, que los campesinos de Las Cañadas de Tirados, cantaron una fría tarde, en la que flotaban algunos sueltos jirones de nubes blancas, mientras departíamos entre puestos de comida con motivo de su fiesta patronal.
Tal vez por eso dicen los peregrinos que el padre Alfredo suele ser directo, franco y sonriente y sin asomo alguno de esas solemnidades antipáticas que suelen caracterizar a las dignidades católicas.
Es por tal motivo “el cantante de los peregrinos” del Bajío al Tepeyac, porque de esos curas quedan pocos.
DON JUVE
DON JUVE Y SU
BURDÉGANO
Antonio Espino Mandujano
Hace años los habitantes de La Cuesta, un caserío diseminado en la parte más alta del municipio de Tarimoro, Gto. pasearon la imagen milagrosa de un pequeño Cristo de madera, que con todo y vitrina ataron al lomo de un burdégano saludable y reparador, producto de la cruza del caballo y la burra de don Juvenal Micalco, un hombre de Huapango, blanco y alto, muy circunspecto y que se sabía, era un “chingón” en la cría de mulas y caballos de gran alzada.
Pues bien, ahí iba la gente en peregrinación, recorriendo las comunidades circunvecinas, con sus ramos de manzanilla, gardenias y nubes, lanzando cohetones y más cohetones como para sacarle nubes al cielo y jalar la lluvia; rezando y cantando para que cayera, aunque fuera tantita agua, la necesaria para aplacar la sequía, que castigaba las parcelas sembradas de maíz.
Ya de regreso a su comunidad, cuando todos iban cansados, pero contentos, comentando que el acontecimiento había reunido a mucha gente; vagamente el cielo suelta un relámpago y se empieza a cargar con barruntos de tempestad.
De pronto un rayo parte del horizonte y se oye como una detonación de piedras desbarrancadas . El hombre de los cohetones -que iba a un lado del santito-, alborozado, prende fuego a otro petardo que chifla, sube y estalla espantando al burdégano que corre despavorido provocando un desastre.
Nadie sabe en verdad lo que ocurrió. Unos dicen que encontraron al Cristo entre la milpa intacto y en su vitrina; otros, comentaron que sólo había pedazos de madera en un recipiente que derramaba una luz densa y fulgurante; en lo que si coinciden todos es que la lluvia con granizo fue tan devastadora que se perdió toda la cosecha.
Al siguiente día, con la difícil situación de la zarandeada del santito y la pérdida de la cosecha, una comisión de vecinos fue a entrevistarse con don Juvenal Micalco, quien perfectamente vestido en su uniforme de veterinario y sin un atisbo de preocupación los recibió como siempre, amable y sonriente.
- Su mula es un producto del demonio, le soltaron a bocajarro. pensamos que como es incapaz de tener crías, lleva el pingo adentro. ¿Ya sabe de la desgracia que provocó su mula ayer? ¿Ahora cómo nos va a ir sin nuestro santito y sin nuestra cosecha?, preguntó un joven.
Don Juve los miró con consideración y les pidió que esperaran un momento. Dio un largo sorbo a una olla de café y con aire grave respondió: “ miren vecinos, en primer lugar, el animal que de buena gana les presté ayer, no es una mula, es un burdégano, hijo de un caballo de carreras y una burra chingona para el trabajo. Éste que tiene cuatro espejuelos como su padre, ni siquiera me lo han regresado y ya vienen a echarle cebo por una cosa que francamente fue una tarugada. ¿ A qué pendejo se le ocurre tronar petardos en las orejas del animal”?
En segundo lugar – les dijo – suponiendo que la petición de lluvia fue atendida por el santito, mientras yo buscó a mi animal, ustedes localicen a su Cristo lastimado y lo volvemos a pasear para que vea las pendejadas que hizo el día de ayer. Si no lo creen ¿ Para qué tanto rezo, tanto canto y tanto cohete?, preguntó el veterinario, mientras clavaba su mirada en las milpas siniestradas.
El veterinario Micalco – dicen quienes lo han tratado – que ahora es un hombre nonagenario, descendiente de una añeja familia de la región cuyo origen se remonta a los tiempos de la intervención francesa.
Comentan, que antes de irse a radicar a la ciudad de Los Ángeles, California, tenía la costumbre de hacer que registraran en un cuaderno pasajes de su vida de veterinario práctico. Amante de los equinos, dicen que sus caballos llegaron a ser campeones en los circuitos de las ferias más importantes de la región.
Amable siempre y sonriente, con otro concepto de la vida, siempre comentaba con ironía, que únicamente a lo que “sí le sacaba el parche”, era a la revisión de su próstata: “ a nadie deseo el mal rato que hace pasar a uno, el elegante galeno que nos pone en una situación verdaderamente humillante y para acabarla de amolar, nos mete un dedo por donde uno no quisiera”, solía decir muy circunspecto a los que le preguntaban por su salud.
BURDÉGANO
Antonio Espino Mandujano
Hace años los habitantes de La Cuesta, un caserío diseminado en la parte más alta del municipio de Tarimoro, Gto. pasearon la imagen milagrosa de un pequeño Cristo de madera, que con todo y vitrina ataron al lomo de un burdégano saludable y reparador, producto de la cruza del caballo y la burra de don Juvenal Micalco, un hombre de Huapango, blanco y alto, muy circunspecto y que se sabía, era un “chingón” en la cría de mulas y caballos de gran alzada.
Pues bien, ahí iba la gente en peregrinación, recorriendo las comunidades circunvecinas, con sus ramos de manzanilla, gardenias y nubes, lanzando cohetones y más cohetones como para sacarle nubes al cielo y jalar la lluvia; rezando y cantando para que cayera, aunque fuera tantita agua, la necesaria para aplacar la sequía, que castigaba las parcelas sembradas de maíz.
Ya de regreso a su comunidad, cuando todos iban cansados, pero contentos, comentando que el acontecimiento había reunido a mucha gente; vagamente el cielo suelta un relámpago y se empieza a cargar con barruntos de tempestad.
De pronto un rayo parte del horizonte y se oye como una detonación de piedras desbarrancadas . El hombre de los cohetones -que iba a un lado del santito-, alborozado, prende fuego a otro petardo que chifla, sube y estalla espantando al burdégano que corre despavorido provocando un desastre.
Nadie sabe en verdad lo que ocurrió. Unos dicen que encontraron al Cristo entre la milpa intacto y en su vitrina; otros, comentaron que sólo había pedazos de madera en un recipiente que derramaba una luz densa y fulgurante; en lo que si coinciden todos es que la lluvia con granizo fue tan devastadora que se perdió toda la cosecha.
Al siguiente día, con la difícil situación de la zarandeada del santito y la pérdida de la cosecha, una comisión de vecinos fue a entrevistarse con don Juvenal Micalco, quien perfectamente vestido en su uniforme de veterinario y sin un atisbo de preocupación los recibió como siempre, amable y sonriente.
- Su mula es un producto del demonio, le soltaron a bocajarro. pensamos que como es incapaz de tener crías, lleva el pingo adentro. ¿Ya sabe de la desgracia que provocó su mula ayer? ¿Ahora cómo nos va a ir sin nuestro santito y sin nuestra cosecha?, preguntó un joven.
Don Juve los miró con consideración y les pidió que esperaran un momento. Dio un largo sorbo a una olla de café y con aire grave respondió: “ miren vecinos, en primer lugar, el animal que de buena gana les presté ayer, no es una mula, es un burdégano, hijo de un caballo de carreras y una burra chingona para el trabajo. Éste que tiene cuatro espejuelos como su padre, ni siquiera me lo han regresado y ya vienen a echarle cebo por una cosa que francamente fue una tarugada. ¿ A qué pendejo se le ocurre tronar petardos en las orejas del animal”?
En segundo lugar – les dijo – suponiendo que la petición de lluvia fue atendida por el santito, mientras yo buscó a mi animal, ustedes localicen a su Cristo lastimado y lo volvemos a pasear para que vea las pendejadas que hizo el día de ayer. Si no lo creen ¿ Para qué tanto rezo, tanto canto y tanto cohete?, preguntó el veterinario, mientras clavaba su mirada en las milpas siniestradas.
El veterinario Micalco – dicen quienes lo han tratado – que ahora es un hombre nonagenario, descendiente de una añeja familia de la región cuyo origen se remonta a los tiempos de la intervención francesa.
Comentan, que antes de irse a radicar a la ciudad de Los Ángeles, California, tenía la costumbre de hacer que registraran en un cuaderno pasajes de su vida de veterinario práctico. Amante de los equinos, dicen que sus caballos llegaron a ser campeones en los circuitos de las ferias más importantes de la región.
Amable siempre y sonriente, con otro concepto de la vida, siempre comentaba con ironía, que únicamente a lo que “sí le sacaba el parche”, era a la revisión de su próstata: “ a nadie deseo el mal rato que hace pasar a uno, el elegante galeno que nos pone en una situación verdaderamente humillante y para acabarla de amolar, nos mete un dedo por donde uno no quisiera”, solía decir muy circunspecto a los que le preguntaban por su salud.
DOMINGO CARCAÑO
DOMINGO CARCAÑO
Antonio Espino Mandujano
“Al periodismo le debo la cultura del entusiasmo y a la mujer la
creencia de que es el mayor argumento de que Dios existe”
UNO
En traje azul, camisa de cuello de tortuga impecable, el pintor más representativo de los bohemios don Domingo, empieza el día a todo gas. Lo encontramos en la comida anual de un grupo de tarimorenses, con sus amigos al lado, de inmejorable ánimo, porque dice que sigue enamorado, de esa ensoñación única que es la mujer... lo mismo le brillan los ojos al hablar largos minutos sobre pintura, que hace pausa al llegar al inevitable tema que más le apasiona: las damas. Se llenará de entusiasmo en cuanto escucha mencionar el tema del “palomazo” y nos receta de nuevo su famosa prédica, con el agregado de “cien nubes de amor, cercan al cielo”, de nombre largo y cachondo, bromea.
DOS
El pintor chilango Domingo Carcaño, reconocido maestro del dibujo y exponente de una nueva escuela del espacio libre “que infiltra en la intimidad del desnudo” y a quien sus conocidos llaman “el aterciopelado”, porque es un hombre maduro, afable, siempre relajado y con talante de los que parecen no tener mayores problemas en la vida, me confesó “que si nuevamente tuviera 18 años, con la experiencia que he acumulado, ninguna dama podría resistirse”.
En la juventud-explica- los hombres “están más interesados en obtener y recibir placer que en ofrecerlo”; ya cuarentones tienen menor resistencia física, “por lo que la calidad desplaza a la cantidad en los encuentros amorosos, sobretodo si son con jóvenes veinteañeras”.
Este pintor rollizo de lentes bifocales y greñas lacias y canosas, cuya teoría de la calidad sexual plasmó en su famoso cuadro “Una rebanada de luna”, donde buscó crear imágenes de la mujer, “próximas y convincentes”, también se ufana de ser psicólogo y terapeuta, cuando afirma que todo proviene de la propia naturaleza: “en la época de calor las mujeres producen mayor número de feromonas, hormonas que son perceptibles por el órgano vomeronasal (situado cerca del tabique nasal) que estimula el hipotálamo, receptor de emociones y deseos sexuales”.
De ahí el privilegio de quien pruebe “bucear” por el cuerpo de una mujer, puntualiza, y nos comenta el caso sonado del famoso “palomazo” que explica las razones del porqué una pareja con grande diferencia de edades se atrae.
Conocí un maestro en la escuela de San Carlos, nos dice, que se casó hombre maduro, con una joven a quien le llevaba 30 años. Para beneficiarse de la inexperiencia de la joven en cuestión, el experimentado maestro uso un marcador una vez, cuando “buceaba”. Al deslizar su nariz y boca “por los espacios de su luna redonda”, su mujer le decía “ahí, ahí... un poco más a la derecha... no, no, a la izquierda...¡ por favor, te lo suplico, más arriba, más arriba...!, ¡ahí, ahí, merito!”. el experimentado pintor se detuvo y puso el dedo en el punto que la mujer orientó. Le puso “un palomazo” con el marcador, y le dijo, apretando las mandíbulas y endureciendo el gesto: “¡mira, que si mueves ese punto, te mato!”. La mujer se limitó a sonreír, todavía aturrullada por la excitación provocada.
El pintor Carcaño platica que de ahí surgió la práctica del “palomazo”, y el porqué los caballeros maduros prefieren a las jóvenes, “que significa la reafirmación de la virilidad y la autoestima”, por la experiencia acumulada: cuando se llega a la madurez, el hombre ya no solo busca su propio goce, sino también el de su pareja, lo que les da mayor seguridad sexual, “ya que la calidad desplaza a la cantidad en los encuentros sexuales”.
En este sentido, dice el refrán que la vida comienza a los 40. El filósofo y matemático René Descartes, por ejemplo, ya cuarentón se sentía atraído, sobre todo con las jovencitas bizcas, y buceaba como una de las más atractivas experiencias eróticas.
De ahí que la aventura del “palomazo” vivida por el maestro de San Carlos, señala Carcaño, es la forma de tener “bajo control esos detalles” a la hora de cumplir con la misión que a los hombres maduros nos depara el encuentro amoroso, ya que experiencia mata juventud, lo que es lo mismo: “cien nubes de amor cercan al cielo”.
Por otro lado, cada vez son más las parejas de la tercera edad que tienen sexo.
Cuenta, don Domingo, que cuando la actriz Sophia Loren preguntó a su abuela Luisa cuándo perdió interés por el sexo, la anciana de 80 años, contestó: “No se, querida, tendrás que preguntarle a alguien de más edad”.
Hoy no estaría sola. Los mayores de 70 años tienen más y mejor sexo que nunca, según un estudio. La generación Viagra continúa disfrutando de la intimidad sexual en una forma que estuvo negada a sus antepasados.
Antonio Espino Mandujano
“Al periodismo le debo la cultura del entusiasmo y a la mujer la
creencia de que es el mayor argumento de que Dios existe”
UNO
En traje azul, camisa de cuello de tortuga impecable, el pintor más representativo de los bohemios don Domingo, empieza el día a todo gas. Lo encontramos en la comida anual de un grupo de tarimorenses, con sus amigos al lado, de inmejorable ánimo, porque dice que sigue enamorado, de esa ensoñación única que es la mujer... lo mismo le brillan los ojos al hablar largos minutos sobre pintura, que hace pausa al llegar al inevitable tema que más le apasiona: las damas. Se llenará de entusiasmo en cuanto escucha mencionar el tema del “palomazo” y nos receta de nuevo su famosa prédica, con el agregado de “cien nubes de amor, cercan al cielo”, de nombre largo y cachondo, bromea.
DOS
El pintor chilango Domingo Carcaño, reconocido maestro del dibujo y exponente de una nueva escuela del espacio libre “que infiltra en la intimidad del desnudo” y a quien sus conocidos llaman “el aterciopelado”, porque es un hombre maduro, afable, siempre relajado y con talante de los que parecen no tener mayores problemas en la vida, me confesó “que si nuevamente tuviera 18 años, con la experiencia que he acumulado, ninguna dama podría resistirse”.
En la juventud-explica- los hombres “están más interesados en obtener y recibir placer que en ofrecerlo”; ya cuarentones tienen menor resistencia física, “por lo que la calidad desplaza a la cantidad en los encuentros amorosos, sobretodo si son con jóvenes veinteañeras”.
Este pintor rollizo de lentes bifocales y greñas lacias y canosas, cuya teoría de la calidad sexual plasmó en su famoso cuadro “Una rebanada de luna”, donde buscó crear imágenes de la mujer, “próximas y convincentes”, también se ufana de ser psicólogo y terapeuta, cuando afirma que todo proviene de la propia naturaleza: “en la época de calor las mujeres producen mayor número de feromonas, hormonas que son perceptibles por el órgano vomeronasal (situado cerca del tabique nasal) que estimula el hipotálamo, receptor de emociones y deseos sexuales”.
De ahí el privilegio de quien pruebe “bucear” por el cuerpo de una mujer, puntualiza, y nos comenta el caso sonado del famoso “palomazo” que explica las razones del porqué una pareja con grande diferencia de edades se atrae.
Conocí un maestro en la escuela de San Carlos, nos dice, que se casó hombre maduro, con una joven a quien le llevaba 30 años. Para beneficiarse de la inexperiencia de la joven en cuestión, el experimentado maestro uso un marcador una vez, cuando “buceaba”. Al deslizar su nariz y boca “por los espacios de su luna redonda”, su mujer le decía “ahí, ahí... un poco más a la derecha... no, no, a la izquierda...¡ por favor, te lo suplico, más arriba, más arriba...!, ¡ahí, ahí, merito!”. el experimentado pintor se detuvo y puso el dedo en el punto que la mujer orientó. Le puso “un palomazo” con el marcador, y le dijo, apretando las mandíbulas y endureciendo el gesto: “¡mira, que si mueves ese punto, te mato!”. La mujer se limitó a sonreír, todavía aturrullada por la excitación provocada.
El pintor Carcaño platica que de ahí surgió la práctica del “palomazo”, y el porqué los caballeros maduros prefieren a las jóvenes, “que significa la reafirmación de la virilidad y la autoestima”, por la experiencia acumulada: cuando se llega a la madurez, el hombre ya no solo busca su propio goce, sino también el de su pareja, lo que les da mayor seguridad sexual, “ya que la calidad desplaza a la cantidad en los encuentros sexuales”.
En este sentido, dice el refrán que la vida comienza a los 40. El filósofo y matemático René Descartes, por ejemplo, ya cuarentón se sentía atraído, sobre todo con las jovencitas bizcas, y buceaba como una de las más atractivas experiencias eróticas.
De ahí que la aventura del “palomazo” vivida por el maestro de San Carlos, señala Carcaño, es la forma de tener “bajo control esos detalles” a la hora de cumplir con la misión que a los hombres maduros nos depara el encuentro amoroso, ya que experiencia mata juventud, lo que es lo mismo: “cien nubes de amor cercan al cielo”.
Por otro lado, cada vez son más las parejas de la tercera edad que tienen sexo.
Cuenta, don Domingo, que cuando la actriz Sophia Loren preguntó a su abuela Luisa cuándo perdió interés por el sexo, la anciana de 80 años, contestó: “No se, querida, tendrás que preguntarle a alguien de más edad”.
Hoy no estaría sola. Los mayores de 70 años tienen más y mejor sexo que nunca, según un estudio. La generación Viagra continúa disfrutando de la intimidad sexual en una forma que estuvo negada a sus antepasados.
lunes, 30 de marzo de 2009
LA FIESTA DEL BURRO

CELEBRAN EL TERCER FESTIVAL
ANUAL DEL BURRO EN JALPA
*Certamen lleno de alegría e imaginación
que atrae a visitantes extranjeros
para disfrutar el recorrido de los burros
por la comunidad de Jalpa.
*Se trata de una singular iniciativa de la Asociación
Civil FINO (Fundación Internacional de Niños Olvidados)
que preside Sara y Craig Tylosky.
*El acontecimiento reúne a los jinetes más avezados del
lugar y los burros mejor disfrazados y rápidos.
ANTONIO ESPINO MANDUJANO
Jalpa, San Miguel de Allende, Gto.- En esta comunidad se celebran muchas fiestas a lo largo de todo el año. Los paisanos que emigraron a Estados Unidos regresaban para las más importantes en mayo y septiembre. Hoy sus visitas las hacen desde marzo, pues como dicen, “todos los que aún vivimos en este pueblo recibimos con gusto y agradecimiento la fiesta del burro”.
Y no es para menos, por estos rumbos, el burro, un animal casi olvidado, se ha convertido en un elemento importante del nuevo desarrollo rural, gracias a sus múltiples capacidades.
En esta localidad de más de mil habitantes, desde hace muchos años que el transporte de productos agrícolas, agua y leña se hace en burros. Cada mañana, asnos con cajones de madera y tercios de leña recorren las calles del pueblo prestando su servicio a la comunidad.
CERTAMEN DE BURROS
Esta peculiar festividad es única en la región; por tercera vez se realiza en esta comunidad y es patrocinada por la Fundación Internacional de Niños Olvidados, que preside Sara y Craig Tylosky. Las ganancias por la venta de boletos, a los más de 200 estadounidenses que asistieron, serán utilizadas para ayudar a la comunidad, en los programas de enseñanza rural del inglés y de liderazgo, explica Sara Tylosky
.
Es también un festival folclórico, donde se agasaja y rinde homenaje a los burros por servir a los más de mil pobladores de la comunidad de Jalpa, en sus tareas de carga y transporte, empeñados en conservar sus tradiciones campiranas, enfatiza don Javier Gómez, un viejo arriero de la localidad.
BURRO RACES / CARRERA DE BURROS.
Colgada en una ladera de un cerro, a 15 kilómetros al oriente de San Miguel Allende, se encuentra la localidad de Jalpa. Se toma la carretera a Querétaro, de donde se entronca a un camino sinuoso que lleva a varias comunidades hasta topar con el picacho de Guadalupe; desde ahí ya se puede ver la población con su presa al fondo. Altos mezquites cubren parte de un camino empedrado, el caserío se ubica en una loma árida y cerca está el campo de futbol que este año se convirtió en “el jalpódromo”.
Ahí se celebró el tercer rally de burros, que reunió a los jinetes más avezados del lugar y a los burros más rápidos. Compitiendo contra otros 16 burros, en esta ocasión , el ganador de la gran final, fue “El Capi”, montado por Tomás Pacheco, un mozalbete moreno y delgado que estudia el 6º año en la primaria Ernesto Guajardo; el segundo lugar, se lo llevó
El Costillón, con Cosme Ruíz en los lomos y el tercero fue para El Mandador, montado por un chavito de nombre Erick.
BURRO PARADE / DESFILE DE BURROS
En el desfile de disfraces, presentado en el campo de juego el pasado sábado por la tarde, los aplausos y gritos del público (compuesto en su mayoría por estadounidenses radicados en San Miguel), obligaron a los jueces a determinar un empate en primer lugar entre la burra Gofi (la más guapa) acompañada por un muchacho de nombre Guadalupe Paredes y la burrita Zoila(la más colorida) conducida en el desfile por José Carlos Olvera, un chamaco que estudia el 1º año en la telesecundaria.
Después de una segunda vuelta, y tomando en cuenta la intensidad de los gritos y aplausos de toda la concurrencia , los jueces acordaron declarar ganadora absoluta a Gofi, una linda burrita muy coqueta ataviada con vestido, peluca negra y pestañas postizas.
El segundo lugar, por lo tanto, fue para Zoila, una borriquita con vestimenta multicolor que cuando recorría el jalpódromo se tornaba muy obediente, mostrando a todos la elegante muñeca que llevaba en sus lomos.
Otras de las triunfadoras fueron Camila (la más popular), Wiwina (la más pequeña), Rufina (el más sexi), La India María (la más folclórica), Chilindrina (la más necia) y Francisca; esta última con un muñeco montado y que se rehusaba caminar hasta que fue “remolcada” por un grupo de voluntarias . Los disfraces fueron hechos por las familias de los niños que estudian en la primaria Ernesto Guajardo de Jalpa .
En total fueron 16 burritas disfrazadas que recorrieron la pasarela frente a tres carpas colocada en el campo de juego en donde se dieron cita desde las tres de tarde todos los vecinos de la comunidad, así como visitantes de Estados Unidos y Canadá.
ANUAL DEL BURRO EN JALPA
*Certamen lleno de alegría e imaginación
que atrae a visitantes extranjeros
para disfrutar el recorrido de los burros
por la comunidad de Jalpa.
*Se trata de una singular iniciativa de la Asociación
Civil FINO (Fundación Internacional de Niños Olvidados)
que preside Sara y Craig Tylosky.
*El acontecimiento reúne a los jinetes más avezados del
lugar y los burros mejor disfrazados y rápidos.
ANTONIO ESPINO MANDUJANO
Jalpa, San Miguel de Allende, Gto.- En esta comunidad se celebran muchas fiestas a lo largo de todo el año. Los paisanos que emigraron a Estados Unidos regresaban para las más importantes en mayo y septiembre. Hoy sus visitas las hacen desde marzo, pues como dicen, “todos los que aún vivimos en este pueblo recibimos con gusto y agradecimiento la fiesta del burro”.
Y no es para menos, por estos rumbos, el burro, un animal casi olvidado, se ha convertido en un elemento importante del nuevo desarrollo rural, gracias a sus múltiples capacidades.
En esta localidad de más de mil habitantes, desde hace muchos años que el transporte de productos agrícolas, agua y leña se hace en burros. Cada mañana, asnos con cajones de madera y tercios de leña recorren las calles del pueblo prestando su servicio a la comunidad.
CERTAMEN DE BURROS
Esta peculiar festividad es única en la región; por tercera vez se realiza en esta comunidad y es patrocinada por la Fundación Internacional de Niños Olvidados, que preside Sara y Craig Tylosky. Las ganancias por la venta de boletos, a los más de 200 estadounidenses que asistieron, serán utilizadas para ayudar a la comunidad, en los programas de enseñanza rural del inglés y de liderazgo, explica Sara Tylosky
.
Es también un festival folclórico, donde se agasaja y rinde homenaje a los burros por servir a los más de mil pobladores de la comunidad de Jalpa, en sus tareas de carga y transporte, empeñados en conservar sus tradiciones campiranas, enfatiza don Javier Gómez, un viejo arriero de la localidad.
BURRO RACES / CARRERA DE BURROS.
Colgada en una ladera de un cerro, a 15 kilómetros al oriente de San Miguel Allende, se encuentra la localidad de Jalpa. Se toma la carretera a Querétaro, de donde se entronca a un camino sinuoso que lleva a varias comunidades hasta topar con el picacho de Guadalupe; desde ahí ya se puede ver la población con su presa al fondo. Altos mezquites cubren parte de un camino empedrado, el caserío se ubica en una loma árida y cerca está el campo de futbol que este año se convirtió en “el jalpódromo”.
Ahí se celebró el tercer rally de burros, que reunió a los jinetes más avezados del lugar y a los burros más rápidos. Compitiendo contra otros 16 burros, en esta ocasión , el ganador de la gran final, fue “El Capi”, montado por Tomás Pacheco, un mozalbete moreno y delgado que estudia el 6º año en la primaria Ernesto Guajardo; el segundo lugar, se lo llevó
El Costillón, con Cosme Ruíz en los lomos y el tercero fue para El Mandador, montado por un chavito de nombre Erick.
BURRO PARADE / DESFILE DE BURROS
En el desfile de disfraces, presentado en el campo de juego el pasado sábado por la tarde, los aplausos y gritos del público (compuesto en su mayoría por estadounidenses radicados en San Miguel), obligaron a los jueces a determinar un empate en primer lugar entre la burra Gofi (la más guapa) acompañada por un muchacho de nombre Guadalupe Paredes y la burrita Zoila(la más colorida) conducida en el desfile por José Carlos Olvera, un chamaco que estudia el 1º año en la telesecundaria.
Después de una segunda vuelta, y tomando en cuenta la intensidad de los gritos y aplausos de toda la concurrencia , los jueces acordaron declarar ganadora absoluta a Gofi, una linda burrita muy coqueta ataviada con vestido, peluca negra y pestañas postizas.
El segundo lugar, por lo tanto, fue para Zoila, una borriquita con vestimenta multicolor que cuando recorría el jalpódromo se tornaba muy obediente, mostrando a todos la elegante muñeca que llevaba en sus lomos.
Otras de las triunfadoras fueron Camila (la más popular), Wiwina (la más pequeña), Rufina (el más sexi), La India María (la más folclórica), Chilindrina (la más necia) y Francisca; esta última con un muñeco montado y que se rehusaba caminar hasta que fue “remolcada” por un grupo de voluntarias . Los disfraces fueron hechos por las familias de los niños que estudian en la primaria Ernesto Guajardo de Jalpa .
En total fueron 16 burritas disfrazadas que recorrieron la pasarela frente a tres carpas colocada en el campo de juego en donde se dieron cita desde las tres de tarde todos los vecinos de la comunidad, así como visitantes de Estados Unidos y Canadá.
LA HISTORIA DEL BURRO MULERO
.
LA HISTORIA DEL
BURRO MULERO
Un lúgubre arriero llamado don Carmelo, era la imagen viva de la derrota: bajo un sol quemante, en medio de la calle semivacía, caminaba solitario, sombrero ladeado, rostro contrito, paso zigzagueante, sin rumbo cierto. En estos lugares de San Miguel Allende era conocido como el burro mulero, no por el prestigio erótico, sino por terco, porque en la jerga taurina un toro zonzo es un burro. Le decían también mulero por perseverante, porque en su juventud, era famoso entre todas las señoritas de la localidad, a quienes acorralaba hasta convencerlas a base de poesías populares sacadas del “Tesoro del declamador”.
Tal vez por ello las buenas conciencias le enjaretaron una serie de agravios y estropicios que explican las razones que lo han llevado decir en relación a su descrédito: “no sé porque las historias de fracaso y degradación amorosa lo hacen a uno tan popular”.
Aunque como dicen, este hombre chaparro y chato como un bulldog de buena garganta para eso de ingerir grandes infusiones de tequila barato, no es la excepción que confirma la regla; ante su escasa y prácticamente, nula personalidad, sabía utilizar su verborrea basada en la mendacidad: la paradoja, según la cual los pobrediablistas no pueden vivir sin mentir, porque la mentira forma parte de su vida, aunada a la perseverancia que lo supera todo.
Pues bien esta historia viene a colación, porque don Carmelo en las noches de cantina, con voz ronca de sed y con profundo autosarcasmo solía contar a todos que conoció a un burro que lo quería bien, “a él le dolía las criadillas y el lomo. A mí el lomo y la sien”, en una vida llena de faenas y sobrevivencia.
Decía que de todos los burros del lugar era el ejemplar más lamentable: viejo, con ojos desorbitados y llenos de desasosiego, orejas gachas y ásperos pelos en el cuero duro. Viajaba con él como viajar con un amigo, y conforme a su necesidad lo dejaba rebuznar, “mientras un servidor casi siempre hablaba de más”. Soportaba estoicamente su pasiva labor de compañero, como si se diera cuenta que en esta vida el asno terco es capaz de establecer una relación de trabajo y hasta afecto con las personas.
Pues bien como ocurre en este tipo de historias, cuando amarraba al burro a los frondosos laureles de la plaza “siempre convocaba sobre todo la admiración y la envidia de los lugareños, cuando de las patas traseras de ese burro viejo y zonzo, de pronto saliendo hacia delante y abajo, colgaba su prodigioso instrumento”, que hacia decir a las buenas conciencias por muchas razones: “¡saquen al burro de don Carmelo por presumido y libidinoso!”.
Gracias a ese malentendido corrió mi fama y me ha revestido de decires inventados por seres débiles, víctimas de sus pasiones que carecen de verdaderos amigos e ignoran que son profundamente infelices.
Yo viejo y terco sigo teniendo amigos ¿Quién había tenido la audacia y el valor de convivir con un burro?, con frecuencia solía comentar.
Y don Carmelo tenía razón, cuando uno escucha estas historias plagadas de remembranzas, donde la crudeza de la realidad se mezcla con el disimulo, uno recuerda las iniciales lecturas de Canetti y su burro de Marrakesh: que en medio de la plaza, viejo y desahuciado, con su rebuzno primaveral, “había tanto todavía ahí donde no parecía quedar nada; como el arriero de Jalpa, que en este contundente y feliz retrato vivió atormentado con su concupiscencia en la miseria”.
LA HISTORIA DEL
BURRO MULERO
Un lúgubre arriero llamado don Carmelo, era la imagen viva de la derrota: bajo un sol quemante, en medio de la calle semivacía, caminaba solitario, sombrero ladeado, rostro contrito, paso zigzagueante, sin rumbo cierto. En estos lugares de San Miguel Allende era conocido como el burro mulero, no por el prestigio erótico, sino por terco, porque en la jerga taurina un toro zonzo es un burro. Le decían también mulero por perseverante, porque en su juventud, era famoso entre todas las señoritas de la localidad, a quienes acorralaba hasta convencerlas a base de poesías populares sacadas del “Tesoro del declamador”.
Tal vez por ello las buenas conciencias le enjaretaron una serie de agravios y estropicios que explican las razones que lo han llevado decir en relación a su descrédito: “no sé porque las historias de fracaso y degradación amorosa lo hacen a uno tan popular”.
Aunque como dicen, este hombre chaparro y chato como un bulldog de buena garganta para eso de ingerir grandes infusiones de tequila barato, no es la excepción que confirma la regla; ante su escasa y prácticamente, nula personalidad, sabía utilizar su verborrea basada en la mendacidad: la paradoja, según la cual los pobrediablistas no pueden vivir sin mentir, porque la mentira forma parte de su vida, aunada a la perseverancia que lo supera todo.
Pues bien esta historia viene a colación, porque don Carmelo en las noches de cantina, con voz ronca de sed y con profundo autosarcasmo solía contar a todos que conoció a un burro que lo quería bien, “a él le dolía las criadillas y el lomo. A mí el lomo y la sien”, en una vida llena de faenas y sobrevivencia.
Decía que de todos los burros del lugar era el ejemplar más lamentable: viejo, con ojos desorbitados y llenos de desasosiego, orejas gachas y ásperos pelos en el cuero duro. Viajaba con él como viajar con un amigo, y conforme a su necesidad lo dejaba rebuznar, “mientras un servidor casi siempre hablaba de más”. Soportaba estoicamente su pasiva labor de compañero, como si se diera cuenta que en esta vida el asno terco es capaz de establecer una relación de trabajo y hasta afecto con las personas.
Pues bien como ocurre en este tipo de historias, cuando amarraba al burro a los frondosos laureles de la plaza “siempre convocaba sobre todo la admiración y la envidia de los lugareños, cuando de las patas traseras de ese burro viejo y zonzo, de pronto saliendo hacia delante y abajo, colgaba su prodigioso instrumento”, que hacia decir a las buenas conciencias por muchas razones: “¡saquen al burro de don Carmelo por presumido y libidinoso!”.
Gracias a ese malentendido corrió mi fama y me ha revestido de decires inventados por seres débiles, víctimas de sus pasiones que carecen de verdaderos amigos e ignoran que son profundamente infelices.
Yo viejo y terco sigo teniendo amigos ¿Quién había tenido la audacia y el valor de convivir con un burro?, con frecuencia solía comentar.
Y don Carmelo tenía razón, cuando uno escucha estas historias plagadas de remembranzas, donde la crudeza de la realidad se mezcla con el disimulo, uno recuerda las iniciales lecturas de Canetti y su burro de Marrakesh: que en medio de la plaza, viejo y desahuciado, con su rebuzno primaveral, “había tanto todavía ahí donde no parecía quedar nada; como el arriero de Jalpa, que en este contundente y feliz retrato vivió atormentado con su concupiscencia en la miseria”.
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